Sábado, 25 de octubre de 2014

Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (4,7-16):

A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo. Por eso dice la Escritura: «Subió a lo alto llevando cautivos y dio dones a los hombres.» El «subió» supone que había bajado a lo profundo de la tierra; y el que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos para llenar el universo. Y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelizadores, a otros, pastores y maestros, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud. Para que ya no seamos niños sacudidos por las olas y llevados al retortero por todo viento de doctrina, en la trampa de los hombres, que con astucia conduce al error; sino que, realizando la verdad en el amor, hagamos crecer todas las cosas hacia él, que es la cabeza: Cristo, del cual todo el cuerpo, bien ajustado y unido a través de todo el complejo de junturas que lo nutren, actuando a la medida de cada parte, se procura el crecimiento del cuerpo, para construcción de sí mismo en el amor

Palabra de Dios

Salmo

Sal 121,1-2.3-4a.4b-5

R/. Vamos alegres a la casa del Señor

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén. R/.

Jerusalén está fundada
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor. R/.

Según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (13,1-9):

En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían.
Jesús les contestó: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.»
Y les dijo esta parábola: «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?” Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas.”»

Palabra del Señor

Homilía

Ef. 4, 7. 11-16.No hay mas que un sólo Señor y un sólo Dios y Padre. Todos los demás sólo somos servidores a favor de la construcción del Cuerpo de Cristo. No importa que se ocupe el lugar de apóstol, de profeta, de evangelizador, de pastor o de maestro. Eso no puede reclamar a favor de quien ha recibido esa misión el recibir honores, sino más bien el ponerse al servicio del pueblo de Dios como el primer constructor del Proyecto de Iglesia, Esposa de Cristo, que tiene el Padre Dios. Y ese servicio no puede desligar a quienes hacen las veces de Cristo Cabeza del resto de los fieles; ni los fieles pueden realizar sus tareas misionales al margen de ellos. Los Pastores del Pueblo Santo de Dios deben trabajar en comunión con los demás fieles conforme a la gracia que a cada uno se le ha concedido en Cristo Jesús. Por eso han de conocer a los suyos y han de capacitarlos para que desempeñen debidamente su tarea. Hemos de pedirle al Señor que nos ayude a vivir en unidad y en una verdadera comunión fraterna de tal forma que no sea nuestro egoísmo sino el Espíritu de amor el que vaya haciendo realidad la Iglesia Una y Santa entre nosotros. Aprendamos a poner nuestros Dones y Carismas al servicio del Pueblo de Dios; y sepamos aceptar los que Dios ha derramado en los demás miembros de su Iglesia, de tal forma que, por el amor, juntos propiciemos el crecimiento y la construcción de la Iglesia, Cuerpo de Cristo.

Sal 122 (121). Qué alegría cuando, una vez perdonados de nuestros pecados, gracias a nuestra fe en Cristo y a su Sangre derramada por nosotros, nos encaminamos hacia la posesión de la Jerusalén Celeste; aquella que, al final de los tiempos, descenderá del Cielo, toda resplandeciente como la Novia que va a desposarse con su Marido. Nos encaminamos a la Patria eterna, al Santuario de sólidos cimientos, para alabar eternamente el Nombre del Señor. Sabemos que, ya desde ahora, el Señor habita en nuestros corazones como en un templo; pero muchas veces, a causa de nuestras maldades, hemos quedado convertidos en ruinas. El Señor habita en su Iglesia, y a causa de nuestros egoísmos y divisiones, también la hemos deteriorado, a veces gravemente. Por eso le hemos de pedir al Señor que nos conceda la apertura necesaria a su Espíritu de amor, de tal forma que en adelante seamos constructores de su Iglesia entre nosotros encaminándonos hacia su plenitud en la eternidad.

Lc. 13, 1-9. Y se siguen escribiendo historias de gobiernos que aplastan a los rebeldes como una colilla de cigarro bajo el poder de sus pies, incapaces de reconstruir una sociedad que se ha deteriorado a causa de la injusticia y de la brecha cada vez más profunda entre los ricos y los pobres, entre los poderosos y los débiles. Y kamikases derrumban torres cegando muchas vidas de inocentes. La muerte nos acecha por todas partes. ¿Pero el momento ineludible de partir de este mundo será para nosotros una pérdida o una ganancia? La única diferencia radicará en el amor, pues será la forma como hayamos vivido amando y dando vida a los demás lo que al final contará ante Dios. La muerte llegará de cualquier forma a nosotros; pero ese momento sólo será el paso hacia la eternidad. Ojalá y al final no nos aplasten las torres de nuestras injusticias, de nuestras maldades, de nuestros egoísmos y del dolor y hambre que hayamos causado a los demás, pues entonces, aun cuando todo lo hubiéramos ganado en este mundo habremos perdido la batalla final y definitiva: vencer al pecado y a la muerte y levantarnos victoriosos con la Victoria de Cristo, que nos hace no enemigos de nuestro prójimo, sino un signo creíble de su amor y de su misericordia para todos, luchando no para destruirlos sino para ganarlos a todos para Cristo por medio del amor.

El Señor nos ha reunido en torno a Él. A nosotros, a los que nos ha confiado la transmisión de su Evangelio conforme a la medida de la Gracia que cada uno ha recibido. Por medio de cada uno de nosotros el Señor manifestará su amor y su poder salvador a la humanidad entera. Cada uno debe permanecer unido a Cristo y a su Iglesia, pues la fuerza salvadora que actúa a favor de la humanidad entera desde ella no es fruto de nuestras decisiones, sino de la presencia del Espíritu de Dios en nosotros. Por eso hemos de reconocer, con humildad, que muchas veces hemos reducido nuestra fe en Cristo a sólo darle culto sabiendo que el Señor espera de nosotros abundantes frutos, bien maduros, capaces de alimentar la fe, la esperanza, la alegría, la justicia, la paz y el amor en el mundo entero. Mientras no produzcamos estos frutos, mientras sólo permanezcamos alimentándonos de Cristo, pero no seamos capaces de entregarlo a los demás, no podemos decir que la celebración Eucarística cobre su verdadero sentido en nosotros.

Mientras no aceptemos nuestra corresponsabilidad en la Iglesia será en vano la distribución de la gracia y de los diversos carismas que Dios ha derramado a manos llenas en su Iglesia. A nosotros corresponde continuar la obra salvadora de Dios en el mundo. Más aún, la Iglesia continúa haciendo presente a Cristo en la historia y sigue prolongando su acción salvadora. Desde nosotros el Señor se continúa haciendo cercano a todos para librarlos de sus diversas esclavitudes. Por eso debemos ser personas de fe en una continua conversión, pues nuestra fe se debe traducir en obras de amor. No podemos vivir estériles de esas buenas obras, pues de lo contrario en lugar de ser conservados como personas útiles a la Iglesia y al mundo, seríamos arrancados para ser rechazados para siempre de la Vida. Esto no puede llevarnos a trabajar por temor al castigo, sino que debe hacernos conciencia de la necesidad de manifestar nuestra propia identidad, pues esencialmente la Iglesia es un Reino y Familia de amor y de salvación. Seamos los primeros en vivir aquello que anunciamos; pero no seamos cobardes en la proclamación del Evangelio al mundo entero.

Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de proclamar su Santo Nombre cumpliendo con amor la Misión que nos ha confiado, viviendo en comunión de fe con Cristo y con los sucesores de los apóstoles, y traduciendo nuestra fe en obras de amor al prójimo para que no seamos un simple follaje de palabras técnicamente bien pronunciadas, sino el Árbol que produce abundantes frutos de salvación. Amén.