Lecturas del San Simón y San Judas, apóstoles

Martes, 28 de octubre de 2014

Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (2,19-22):

Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 18,2-3.4-5

R/. A toda la tierra alcanza su pregón

El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra. R/.

Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (6,12-19):

En aquel tiempo, subió Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles: Simón, al que puso de nombre Pedro, y Andrés, su hermano, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago Alfeo, Simón, apodado el Celotes, Judas el de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor. Bajó del monte con ellos y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos.

Palabra del Señor

Homilía

Ef. 2, 19-22. Todo tiene en Cristo su fin último. Por Él y para Él fueron hechas todas las cosas.

La fe que tiene por cimiento a los apóstoles y profetas culmina en Cristo, piedra angular de todo el edificio. Y cada uno también ha de edificar su vida como morada de Dios. A eso tiende el anuncio del Evangelio y la acción pastoral de la Iglesia. Mientras busquemos otros fines no estaremos siendo leales a Cristo, ni trabajando por su Reino sino por nuestras imaginaciones, o por nuestros propios intereses.

Dios nos quiere como Iglesia; no importa que antes hayamos sido extranjeros o advenedizos, pues ahora, por voluntad suya nos ha llamado a ser conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. ¿Podrá alguien manifestarnos un amor más grande?

Construyamos nuestra vida en el cimiento de la fe en Cristo Jesús. Roguémosle a Él que nos ayude a mantenernos firmes en la fidelidad a su Palabra, y en el amor que hemos de hacer patente ante el mundo entero por medio de nuestras buenas obras para que, viéndolas los demás glorifiquen a nuestro Padre Dios, que está en los cielos. Entonces, como Iglesia, no sólo anunciaremos, sino que daremos testimonio, con las obras, del Evangelio que se nos ha confiado para hacerlo llegar hasta el último rincón de la tierra.

Sal. 19 (18). Todas las obras creadas nos hablan de Aquel que las creó; y sin que pronuncien una palabra, su mensaje llega a toda la tierra hasta el fin del mundo.

La Iglesia ha sido creada por Dios para que, por su medio, llegue la salvación a todos los pueblos, de todos los tiempos y lugares, hasta el fin del mundo.

Ojalá y que los que creemos en Cristo Jesús no denigremos el Santo Nombre de Dios ante las naciones a causa de llevar una vida incongruente con el Mensaje de Salvación, que anunciamos con los labios.

Que nuestra mejor forma de transmitir a los demás el Evangelio sea a través de nuestras obras y de nuestra vida misma. Entonces aquello que anunciamos no será ocasión de burla, sino de salvación para el mundo entero.

Por eso roguémosle al Señor que nos conceda ser los primeros en vivir aquello que anunciaremos a los demás, de tal forma que no nos quedemos en ser simples predicadores, sino que seamos testigos de la Buena Noticia de salvación para todas las gentes.

Lc. 6, 12-19. Jesús ora intensa y largamente ante su Padre. Él tomará una decisión crucial: Fundar el Nuevo Pueblo de Dios con doce apóstoles o enviados, a los que primero instruirá, no sólo con sermones o pláticas, sino con la propia vida, que nos hace patente al Dios-con-nosotros, al Dios que se ha hecho para nosotros la cercanía de su misericordia.

Entonces, una vez convertidos en testigos, y llenos del Espíritu Santo, podrán transmitirnos lo que sus ojos vieron, lo que sus oídos escucharon y lo que sus manos tocaron acerca del Hijo de Dios hecho hombre.

Y Jesús, una vez escogidos sus doce apóstoles, baja con ellos del monte para encontrarse con la gente. Así el auténtico enviado de Cristo no puede quedarse lejos de su Pueblo, sólo en la contemplación de Dios y en la meditación de su Palabra, sino que debe bajar, tocar y experimentar el dolor, las carencias y las injusticias que padecen las multitudes. Entonces podrá compadecerse de toda esa gente y podrá darlo todo, con tal de remediar esos males, pues para eso ha sido enviado.

Por eso la Iglesia lo entrega todo a favor del Evangelio. Ojalá y sigamos las huellas de Cristo, cercano a todo aquel que sufre, y entregando nuestra vida para que todos recobren su dignidad humana y su dignidad de hijos de Dios.

El Señor Jesús nos ha convocado en este momento de intimidad, de oración, de amor que llega hasta el extremo. Él nos convoca para que celebremos el Memorial de su Misterio Pascual: La Eucaristía que nos hace actual su muerte y su resurrección con todo su poder salvador.

Y nosotros hemos venido a escuchar su Palabra y a ser testigos del amor que nos tiene, entregando su vida para que nosotros tengamos vida.

No podremos anunciar el Evangelio a los demás si antes no hemos vivido como discípulos fieles del Señor; y no sólo como discípulos que escuchan, sino que encarnan en sí mismos el Evangelio. La Eucaristía nos une a Cristo y nos compromete a dar testimonio de lo que aquí hemos vivido.

Por eso no podemos ser cobardes en el testimonio de fe que el mundo necesita desde la Iglesia para que desaparezcan los odios y divisiones, y se inicie la construcción de un mundo unido por el amor, por un sólo Señor, por un mismo Espíritu y por un sólo Dios y Padre.

Qué bueno que hagamos grandes proyectos que nos lleven a un resultado final de mayor vivencia del Evangelio. Qué bueno que prevengamos recursos humanos y materiales para que todo resulte a la perfección. Pero recordemos que uno siembra o riega lo sembrado, pero que sólo de Dios depende que lo sembrado nazca y crezca hasta producir frutos abundantes.

Por eso nuestra acción pastoral al servicio del Evangelio jamás podrá desligarse de la oración, vista no sólo como un momento de intimidad con Dios, sino como la aceptación del compromiso que nos haga trabajar constantemente y sin desfallecer para conducir a todos hacia Cristo.

Aprendamos a respirar en la Iglesia con los dos pulmones: La unión con Dios y el Servicio al prójimo. Desligar a uno de los dos sería tanto como inutilizar la Misión que el Señor nos ha confiado. Pues además de la oración hemos de trabajar anunciando como testigos de aquello que el Señor nos comunica en la oración.

Y además de las múltiples tareas pastorales, hemos de aprender a volver a la presencia del Señor para trabajar como siervos del Evangelio y no conforme a nuestras imaginaciones, ni conforme a las solas luces de las ciencias, que jamás podrán darnos la salvación, pues esta sólo procede de Dios.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de trabajar por hacer realidad entre nosotros el Reino de Dios, mediante la entrega que hagamos a los demás no sólo de Palabras basadas en el Evangelio, sino entregándoles a Cristo, Evangelio viviente del Padre, para que, viviendo en ellos, les haga participar de su dignidad de Hijo de Dios, y los haga coherederos de la herencia que le corresponde como a Hijo unigénito del Padre. Amén.