Domingo, 2 de noviembre de 2014

Primera lectura

Lectura del libro de las Lamentaciones (3,17-26):

Me han arrancado la paz, y ni me acuerdo de la dicha; me digo: «Se me acabaron las fuerzas y mi esperanza en el Señor.» Fíjate en mi aflicción y en mi amargura, en la hiel que me envenena; no hago más que pensar en ello y estoy abatido. Pero hay algo que traigo a la memoria y me da esperanza: que la misericordia del Señor no termina y no se acaba su compasión: antes bien, se renuevan cada mañana: ¡qué grande es tu fidelidad! El Señor es mi lote, me digo, y espero en él. El Señor es bueno para los que en él esperan y lo buscan; es bueno esperar en silencio la salvación del Señor.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 129,1-2.3-4.5-6.7-8

R/. Desde lo hondo a ti grito, Señor

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica. R/.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón
y así infundes respeto. R/.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora. R/.

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa. R/.

Y él redimirá a Israel
de todos sus delitos. R/.

Evangelio

Evangelio según san Juan (14,1-6), del domingo, 2 de noviembre de 2014

Lectura del santo evangelio según san Juan (14,1-6):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.»
Tomás le dice: «Señor, no sabemos adonde vas, ¿cómo podemos saber el camino?»
Jesús le responde: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.»

Palabra del Señor

Homilía

EL VERDADERO SENTIMIENTO CRISTIANO DE LA MUERTE

1.- La fiesta cristiana de los difuntos se celebraba en otros tiempos en un ambiente de luto y gran dolor, de rezos y plegarias continuadas por el eterno descanso de las almas que todavía estaban padeciendo en el purgatorio. Era un día en el que uno se levantaba y se acostaba pensando en el cementerio. Hasta tres misas seguidas decíamos en este día casi todos los sacerdotes. Hoy día la fiesta de los difuntos va perdiendo ese carácter lúgubre y penitencial de otros tiempos y se ha ido acercando progresivamente, en su significado, a la fiesta de todos los santos. Ahora, nuestros cementerios se llenan de flores en el día de todos los santos, más que en el día de todos los difuntos. En el fondo de todo esto está, creo yo, un cambio en nuestra sensibilidad cristiana de hoy ante el problema de la muerte. De la fe en un Dios principalmente justiciero hemos pasado a la fe en un Dios principalmente compasivo y misericordioso. Creemos que es la misericordia de Dios la que ha salvado a nuestros seres queridos, más que nuestras obras. Por pura gracia estamos salvados, como nos dice san Pablo. Por eso, tendemos a pensar en nuestras celebraciones de hoy que nuestros fieles y queridos difuntos ya están gozando de la presencia de Dios, y ya son por consiguiente santos. Por eso, como digo, las dos fiestas se han casi identificado y celebramos más solemnemente la fiesta de los santos que la de los difuntos.

2.- El temor, y hasta el pánico, ante la muerte, es un sentimiento primario muy humano, pero nosotros, los cristianos, debemos intentar corregir y modificar este sentimiento primario. Porque hay muchos sentimientos humanos espontáneos y primarios que deben ser corregidos y enriquecidos por la reflexión cristiana. Muchos sentimientos humanos primarios no son beneficiosos siempre para el ser humano: el egoísmo, el odio, la pasión sexual… necesitan ser bien encauzados por la razón y por el sentimiento cristiano. El hombre, a diferencia de los animales, debe saber contradecir a muchos sentimientos primarios y guiarse, en muchísimos momentos, por la fe y la razón. La fe y la razón deben estar continuamente poniendo freno a algunos sentimientos primarios y robusteciendo y enriqueciendo a otros. De lo contrario viviríamos todavía en la selva y en la guerra de todos contra todos. En este sentido, digo que el sentimiento primario de pánico ante la muerte debe ser corregido y enriquecido por la reflexión cristiana.

3.- En el evangelio de la fiesta de este día Jesús les dice a sus discípulos: esta es la voluntad de mi Padre: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día; que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna. Jesús en el huerto de los olivos, también sintió un sentimiento primario de miedo y pánico ante la muerte, pero su amor y su comunión con el Padre vencieron rápidamente su temor. Con sentimiento primario dijo: que pase de mí este cáliz, pero su amor y su comunión con el Padre le hicieron también rápidamente decir: que no se haga mi voluntad, sino la tuya. Jesús de Nazaret vivió siempre sabiendo que tenía que morir en esta tierra, antes de ir, definitivamente, a la casa de su Padre. También nosotros debemos tener esta esperanza cierta, esta vivencia, del gozo inmenso que tendremos para siempre en la casa de nuestro Padre. Así podremos vencer, humanamente hablando, el temor y el pánico, que espontáneamente sentimos ante la muerte. Así también nosotros, los cristianos, tenemos la esperanza firme y cierta de que Jesús nos ha preparado ya un sitio en la casa de su Padre donde, después de esta vida, gozaremos con él de la presencia eterna y gozosa de Dios.

4.- Celebremos nosotros también esta fiesta de los difuntos con gozo y esperanza, como celebramos ayer la fiesta de todos los santos y digamos con el salmista: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor.

LLAMADOS A VIVIR

1.- “Es bueno esperar en silencio la salvación del Señor”. Aunque tengamos muy sabido que la muerte tiene que llegar también a la gente que conocemos y amamos, ante la muerte de los seres querido nos encontramos tristes y desconcertados, pero también esperanzados. Ellos no se encuentran ya entre nosotros, están ahora junto a Dios. Confiamos que la bondad infinita del Padre les abra las puertas de la vida eterna, de la esperanza eterna, del gozo eterno. Por eso nos encontramos aquí, para orar por ellos y para decirnos mutuamente que creemos en la bondad infinita de Dios, y para orar todos juntos por estos hermanos nuestros, para que verdaderamente Dios los acoja para siempre en su Reino. El Libro de las Lamentaciones nos dice que “El Señor es bueno para los que en El esperan y lo buscan”. La muerte es una puerta que se abre a una vida en plenitud. Por eso vivimos con esperanza.

2.- Que nuestra vida merezca la pena. ¡Cómo valdrá la pena que en la hora de la verdad podamos darnos cuenta de que sí, de que hemos vivido la vida profundamente, seriamente, valiosamente! ¡Y qué tristeza, qué lástima, si tuviéramos que darnos cuenta de que solamente nos hemos pasado la vida a base de ir tirando, sin tomarnos en serio nada que valiera la pena, sin haber contribuido a la felicidad de los demás, sin haber procurado amar de veras! Entonces llegaríamos a este momento definitivo con una lámpara apagándose, que apenas serviría de nada. Habríamos perdido la vida muy lamentablemente. Y ante nuestro Padre del cielo, y ante los demás hombres, y ante nosotros mismos, deberíamos reconocer que habíamos defraudado las esperanzas que Dios había puesto en nosotros, y que los demás hombres habían puesto en nosotros. Qué gran dicha es el poder presentar ante el Señor un corazón lleno de nombres, de las personas que hemos amado y nos han amado. La Carta a los Romanos nos recuerda que ahora todavía estamos a tiempo y nos invita a vivir a vivir una vida nueva,

3.- Sintámonos llamados a confiar, a orar, a caminar hacia adelante. Jesús en el evangelio de Juan nos invita a creer en El, porque en la casa del Padre hay muchas estancias. Jesús es el camino, la felicidad que todos buscamos. Él es la verdad que tanto perseguimos. Es la Vida, que todos anhelamos. Nos decía San Agustín: “Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Nos quiere junto a Él para gozar su misma vida. Nuestro destino es feliz. Al final de esta vida, nos esperan las manos amorosas de Dios, que nos acoge con sus manos de Padre. Debemos confiar en el amor del Padre que nos quiere a cada uno de nosotros. Sintámonos llamados, también, a orar. A manifestar ante Dios nuestro deseo y nuestra esperanza de que nuestros seres queridos, liberados de toda culpa, puedan entrar en la luz gozosa de Dios, en la casa del Padre. Y sintámonos llamados finalmente, todos nosotros, a trabajar para que nuestra vida sea realmente luminosa, llena de la luz del amor, de la apertura, de la atención a los demás, porque solamente así habrá merecido la pena –ante Dios, ante los demás hombres, ante nosotros mismos– haber vivido.

SEGUNDO TOMO DE NUESTRA VIDA

“El Señor es bueno para los que en él esperan y lo buscan; es bueno esperar en silencio la salvación del Señor”.

“Porque, si nuestra existencia está unida a él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya”.

“En la casa de mi Padre hay muchas estancias, y me voy a prepararos sitio”.

1. Estas tres frases, extraídas de las tres lecturas que hemos proclamado en este día, resumen perfectamente esta conmemoración de Todos los Fieles Difuntos. Y al decir “todos” hacemos memoria de todos aquellos que, desde tiempos pretéritos hasta el presente, fueron fieles a la fe y murieron con un sólo y firme pensamiento: Cristo resucitó y yo, porque creo, resucitaré.

Desde que el hombre nace anda buscando mil motivos para vivir y otros tantos para ser feliz. Pero siempre, tarde o temprano, en aquella esquina más insospechada, la mala suerte o la misma muerte sale a su encuentro. Llevamos ya muchos años intentando maquillar esa realidad. Preparamos a los niños y a los jóvenes para el éxito pero nadie les habla del fracaso. Les presentamos un mundo idílico, con un escaparate de luz, atracción, sonido y color, pero nadie les recuerda (porque no es políticamente correcto) que también ellos en cualquier instante pueden darse de bruces con el silencio de la muerte.

Qué distinto sería si, como cristianos, intentásemos recordar una realidad: desde el momento en que nacemos comenzamos a morir pero, desde el instante en el que morimos –por Cristo- comenzamos a vivir. Todo ello, por supuesto, exige una nueva evangelización. Los cristianos no nacemos para ser buenos (aunque también) sino para recordar una y otra vez el suceso clave que ha cambiado el devenir de la humanidad: CRISTO MURIÓ Y RESUCITÓ Y CON SU RESURRECCIÓN ROMPIÓ LAS CADENAS DE NUESTRA MUERTE PERPETUA. ¿Tan difícil resulta comunicar esto? ¿Tan difícil es presentar la resurrección de Cristo como el elemento central de nuestra fe?

2.Hoy, a la luz del faro de la Resurrección de Jesús, recordamos aquella mañana, tarde o noche en que un padre, madre, hijo, sobrino, vecino, religioso, sacerdote o allegado a nosotros  cerró los ojos a este mundo. En unos casos su muerte era anunciada por una enfermedad. En otros su aparición nos supuso desconcierto, dolor, interrogantes, desazón, soledad, incomodidad y hasta rechazo. ¿Por qué Dios has permitido esto? ¿Ganamos algo echándoselo en cara a Dios?

En esta Fiesta de Todos los Fieles Difuntos pensamos en el segundo tomo de nuestra vida. Sí; porque –el primer tomo- es el que estrenamos, leemos o emborronamos aquí y ahora. Pero después de nuestro paso por esta tierra, que es como una breve marcha con pequeños accidentes que son inscritos en el libro de cada persona, nos queda todavía por firmar la segunda parte: el tomo de la eternidad. Allá, prólogo e índice, lo inicia y finaliza Dios. Por ello mismo, porque ese segundo tomo de nuestra existencia (que es la vida en el cielo) nos queda por trazar, sería bueno que este día de difuntos rezásemos por aquellos que se marcharon.

-Que Dios, si en algo fallaron, utilice la gran misericordia que se nos narra en la parábola del Hijo Pródigo

-Que el Señor, si por algo ensuciaron su vida, levante del suelo a nuestros seres queridos como Cristo lo hizo con el rostro de la mujer arrepentida del Evangelio.

-Que el Padre, si en algo no estuvieron a la altura de las circunstancias, los siente a su mesa como el mismo Jesús acogió en su apostolado a gente que, antes o después, le negaron o le traicionaron.

Que esta fiesta de Todos los Difuntos nos anime a vivir con esperanza y, sobre todo, a saber que estamos llamados como nuestros seres queridos fallecidos a morir también con la misma esperanza de los hijos de Dios. Perder no vamos a perder nada. ¿Y ganar? Ni más ni menos que el segundo tomo eterno de nuestra existencia en Dios. Que descansen en paz