Lunes, 17 de Noviembre de 2014

Fíjate bien desde dónde has caído y conviértete

Lectura del libro del Apocalipsis

1, 1-5a. 6b. 10-11; 2, 1-5a

Revelación de Jesucristo, que le fue confiada por Dios para enseñar a sus servidores lo que tiene que suceder pronto. Él envió a su Ángel para transmitírsela a su servidor Juan. Éste atestigua que todo lo que vio es Palabra de Dios y testimonio de Jesucristo. Feliz el que lee, y felices los que escuchan las palabras de esta profecía y tienen en cuenta lo que está escrito en ella, porque el tiempo está cerca.

Yo, Juan, escribo a las siete Iglesias de Asia. Llegue a ustedes la gracia y la paz de parte de Aquél que es, que era y que viene, y de los siete Espíritus que están delante de su trono, y de Jesucristo, “el Testigo fiel, el Primero que resucitó de entre los muertos, el Rey de los reyes de la tierra”. ¡A Él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos! Amén.

El Día del Señor fui arrebatado por el Espíritu y oí detrás de mí una voz fuerte como una trompeta, que decía: «Escribe en un libro lo que ahora vas a ver, y mándalo a las siete Iglesias: a Éfeso, a Esmirna, a Pérgamo, a Tiatira, a Sardes, a Filadelfia y a Laodicea».

Escribe al Ángel de la Iglesia de Éfeso: «El que tiene en su mano derecha las siete estrellas y camina en medio de los siete candelabros de oro afirma: “Conozco tus obras, tus trabajos y tu constancia. Sé que no puedes tolerar a los perversos: has puesto a prueba a quienes usurpan el título de apóstoles, y comprobaste que son mentirosos. Sé que tienes constancia y que has sufrido mucho por mi Nombre sin desfallecer.

Pero debo reprocharte que hayas dejado enfriar el amor que tenías al comienzo. Fíjate bien desde dónde has caído, conviértete y observa tu conducta anterior”».

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL                                    1, 1-4. 6

R.    Al vencedor; le daré a comer del árbol de la vida.

¡Feliz el hombre que no sigue el consejo de los malvados,

ni se detiene en el camino de los pecadores,

ni se sienta en la reunión de los impíos,

sino que se complace en la ley del Señor

y la medita de día y de noche! R.

Él es como un árbol plantado al borde de las aguas,

que produce fruto a su debido tiempo,

y cuyas hojas nunca se marchitan:

todo lo que haga le saldrá bien. R.

No sucede así con los malvados:

ellos son como paja que se lleva el viento.

Porque el Señor cuida el camino de los justos,

pero el camino de los malvados termina mal. R.

EVANGELIO

¿Qué quieres que haga por ti?

Señor, que yo vea otra vez

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas

18, 35-43

Cuando Jesús se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba mucha gente, preguntó qué sucedía. Le respondieron que pasaba Jesús de Nazaret. El ciego se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!» Los que iban delante lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!»

Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran. Cuando lo tuvo a su lado, le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?»

«Señor, que yo vea otra vez».

Y Jesús le dijo: «Recupera la vista, tu fe te ha salvado». En el mismo momento, el ciego recuperó la vista y siguió a Jesús, glorificando a Dios. Al ver esto, todo el pueblo alababa a Dios.

Palabra del Señor.

Reflexión

Apocalipsis 1,1-4; 2,1-5: Durante las dos últimas semanas del Año Litúrgico, antes del Adviento, la lectura que nos va a acompañar es el Apocalipsis, el último libro del NT y, por tanto, de la Biblia. Apocalipsis significa en griego “revelación”. Los libros “apocalípticos” tiene unas características muy especiales, y usan un lenguaje misterioso, lleno de imágenes y símbolos, no fáciles de entender. Se nos hablará de dragones y caballos, de trompetas y cataclismos cósmicos, del simbolismo de los colores y de los números, y sobre todo de la lucha entre la Bestia y el Cordero.

El autor se llama a sí mismo Juan, pero es dudoso que se trate del mismo Juan al que se atribuye el cuarto evangelio y las cartas. Estas visiones las tuvo, dice él, en la isla de Palmos (por eso se le llama “el vidente de Palmos”), y precisamente en “el día señorial”, el día del Señor, el domingo. Lo cual acentúa el carácter “pascual” de todo el libro, con la clave de la lucha, la muerte y la resurrección del Cordero, que acaba triunfando contra el mal y la muerte. Se nos hablará de luchas cruentas en la tierra y liturgias gozosas en el cielo.

Probablemente se escribe este libro a fines del siglo I, y por tanto la clave en que hay que interpretarlo es la situación que pasa la Iglesia en esta época, duramente perseguida por el emperador Domiciano (81-96), y marcada también por crisis internas de cansancio, herejías y divisiones. Así se puede entender la dramática batalla que se libra entra el dragón y el Cordero, entre el mal y el bien. El libro transmite un claro mensaje de esperanza, porque la Bestia fracasa estrepitosamente y el Cordero triunfa, asociando a toda la comunidad eclesial en su alegría.

La primera parte de la lectura de hoy es el inicio del libro, “la revelación que Dios ha entregado a Jesucristo para que muestre a sus siervos lo que tiene que suceder pronto”. Cristo, por medio de un ángel, se la comunica al “siervo Juan”, el cual, “narrando lo que ha visto, se hace testigo de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo”.

A los que iniciamos hoy esta lectura con fe, se nos felicita ya desde la primera página: “dichosos los que escuchan las palabras de esta profecía y tienen presente lo que en ella está escrito”.

Pero en seguida, el Apocalipsis pasa, en los capítulos 2 y 3, a transcribir siete cartas a otras tantas Iglesias del Asia Menor. Hoy leemos la dirigida a la comunidad cristiana de Éfeso, a la que “la voz del cielo” alaba por su entereza -“has sufrido por mí y no te has rendido a la fatiga”- y además por haber sabido discernir quiénes eran los falsos profetas en su seno. Pero le recrimina que “ha abandonado el amor primero”.

La revelación de Dios, su plan de salvación, nos ha sido manifestada en Cristo Jesús, y luego, ya desde hace dos mil años, a través de su comunidad la Iglesia, que la va difundiendo por el mundo. Nosotros también, una vez evangelizados, nos convertimos en evangelizadores. Cada uno según la misión recibida en la comunidad, todos tratamos de transmitir a otros la Buena Noticia del triunfo de Cristo sobre el mal.

El Apocalipsis nos va a ayudar a interpretar la historia desde los ojos de la fe, a no perder nunca la confianza, a tener una visión pascual de los acontecimientos, por penosos que sean, y por duras que sean las dificultades internas y externas: porque el Cordero vencerá e invitará a bodas a su Esposa la Iglesia.

La primera carta de las siete dirigidas a las Iglesias del Asia puede ser que nos retrate a nosotros. Seguro que en nuestra vida hemos sufrido por Cristo, hemos demostrado nuestro aguante y ha habido períodos en que no parecía cansarnos el trabajar por el bien. Seguro, también, que hemos tenido momentos de lucidez para discernir quiénes son verdaderos apóstoles y quiénes no.

Pero tal vez merecemos también el reproche que el ángel dedica a los Efesios: “has abandonado el amor primero”. La perseverancia nos cuesta a todos, y más en medio de un mundo que no nos ayuda a seguir los caminos de Jesús. Cada uno sabrá en qué ha decaído y, por tanto, en qué ha de recapacitar en estos últimos días del año y en el Adviento próximo. Que resuene dentro de nosotros la invitación del vidente: “recuerda de dónde has caído, conviértete y vuelve a proceder como antes”. “¡Vuelve!”.

El salmo primero nos invita a una renovada fidelidad: “dichoso el que no sigue el consejo de los impíos ni entra por la senda de los pecadores, sino que su gozo es la ley del Señor… el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal”. Exhortaciones que van acompañadas por un estribillo insistente y esperanzador, tomado del Apocalipsis: “al que venciere le daré a comer del árbol de la vida”.

J. Aldazabal

Enséñame tus caminos

Lc. 18, 35-43. Yo he venido a este mundo para un juicio: para que vean los que no ven y para que los que ven se queden ciegos. Poco antes del relato de este día san Lucas nos ha narrado la tentativa fallida de un hombre importante que quería seguir a Jesús, pero que da marcha atrás ante las exigencias del Reino: Vende todo lo que tienes, reparte el dinero a los pobres y tendrás un tesoro en los cielos. Después ven y sígueme. Pero él se marchó entristecido. Quien abre sus ojos para lo pasajero y los cierra para el amor a Dios y el amor al prójimo, ha quedado ciego para el Reino de Dios. Muchos han rechazado la invitación del Señor a seguirle, pues su corazón se quedó esclavo del dinero, de los bienes materiales, del poder, del placer. Pero hay otros que, sin tener lo que los ricos tienen; más aún, reconociendo que ante Dios nada tienen en su interior, se han querido llenar de Él y se han sentado a su Mesa para disfrutar de los Bienes Verdaderos. Y así se han puesto delante los publicanos y las prostitutas, los ciegos, los cojos, los lisiados y los pobres. El Evangelio de este día nos habla de un ciego que, sanado por la Palabra Salvadora de Cristo, abre los ojos para irse tras de Jesús. Si la Palabra de Cristo no logra convertirnos y hacernos actuar como hijos de Dios, de nada nos servirá el acudir con frecuencia a la oración, ni el escuchar la Palabra de Dios, pues, finalmente todo lo que el Señor estuviese haciendo por nosotros sería un trabajo inutilizado por nuestras maldades, a las que habríamos esclavizado nuestra vida. Si somos hombres de fe dejemos que el Señor nos guíe por el camino del bien y vayamos tras sus huellas hasta alcanzar la Gloria a la que Él nos ha llamado.

Nos acercamos a Jesús llenos de fe para suplicarle que nos haga contemplar su Rostro y nos llene de su Luz. Entonces podremos caminar tras sus huellas. Huellas que nos ha dejado especialmente en la Eucaristía, a la que acudimos no sólo a adorarlo y a reconocerlo como Señor en nuestra vida, sino a aceptar el compromiso de vivir conforme a su Evangelio, dando testimonio de Él con nuestras obras. Es el Señor que se acerca a nosotros y que nos dice: ¿Qué quieres que haga por ti? Ante esa pregunta no queramos responder pidiendo cosas intranscendentes. Pidámosle que nos dé un corazón nuevo y un espíritu nuevo, capaz de ayudarnos a convertirnos en un testimonio vivo del Amor y de la Verdad, que es Dios, y que habita en nuestros corazones. Ante el Señor reconocemos nuestras miserias, pero el Señor quiere perdonarnos; ojalá y aceptemos su perdón y, libres de las tinieblas del pecado y de la muerte, vayamos tras de Cristo, alabando su Nombre con nuestras buenas obras.

Quienes participamos de la Eucaristía y entramos en comunión de Vida con el Señor, hemos de tener los ojos abiertos para contemplar su Rostro en nuestros hermanos, para preocuparnos de hacerles siempre el bien. El ir tras de Jesús no ha de ser sólo para vivir nuestra fe de un modo personalista, sino para vivirla como testigos. A la Iglesia de Cristo, formada por nosotros, corresponde la Misión de devolver la vista a quienes el pecado les ha enceguecido los ojos del corazón y les ha embotado su mente. La proclamación del Evangelio de Cristo se ha de hacer en todo momento, insistiendo a tiempo y a destiempo. Y, al proclamar la Buena Nueva del Señor, no podemos dejar de pasar haciendo el bien a todos, pues el anuncio del Evangelio, que no vaya acompañado de buenas obras, difícilmente podrá conducir a la fe a quienes nos escuchen. El Espíritu Santo debe llenar todo nuestro ser para que podamos no sólo ver, sino comprender la voluntad de Dios sobre nosotros, y, siguiendo las huellas de Cristo, podamos algún día, junto con Él, contemplar y disfrutar eternamente la Gloria del Padre Dios.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de ser fieles discípulos de su Hijo, dejándonos perdonar por Él, permitiéndole que nos ayude a contemplar su vida para amoldarnos a ella, y dejándonos conducir por su Espíritu para llegar a la Gloria, a la que nos llama como término de nuestro camino como testigos por este mundo. Amén.