Martes, 18 de Noviembre de 2014

Si alguien me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos

Lectura del libro del Apocalipsis

3, 1-6. 14-22

Yo, Juan, oí al Señor que me decía:

Escribe al Ángel de la Iglesia de Sardes: «El que posee los siete Espíritus de Dios y las siete estrellas afirma: “Conozco tus obras: aparentemente vives, pero en realidad estás muerto. Permanece alerta y reanima lo que todavía puedes rescatar de la muerte, porque veo que tu conducta no es perfecta delante de mi Dios.

Recuerda cómo has recibido y escuchado la Palabra: consérvala fielmente y arrepiéntete. Porque si no vigilas, llegaré como un ladrón, y no sabrás a qué hora te sorprenderé.

Sin embargo, tienes todavía en Sardes algunas personas que no han manchado su ropa: ellas me acompañarán vestidas de blanco, porque lo han merecido. El vencedor recibirá una vestidura blanca, nunca borraré su nombre del Libro de la Vida y confesaré su nombre delante de mi Padre y de sus Ángeles”. El que pueda entender, que entienda lo que el Espíritu dice a las Iglesias».

Escribe al Ángel de la Iglesia de Laodicea: «El que es el Amén, el Testigo fiel y verídico, el Principio de las obras de Dios, afirma: “Conozco tus obras: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Por eso, porque eres tibio, te vomitaré de mi boca.

Tú andas diciendo: Soy rico, estoy lleno de bienes y no me falta nada. Y no sabes que eres desdichado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo. Por eso, te aconsejo: cómprame oro purificado en el fuego para enriquecerte, vestidos blancos para revestirte y cubrir tu vergonzosa desnudez, y un colirio para ungir tus ojos y recobrar la vista. Yo corrijo y reprendo a los que amo. ¡Reanima tu fervor y arrepiéntete!

Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos. Al vencedor lo haré sentar conmigo en mi trono, así como Yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono”.

El que pueda entender, que entienda lo que el Espíritu dice a las Iglesias».

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL                14, 2-4b. 5

R.    Al vencedor, lo haré sentar conmigo en mi trono.

El que procede rectamente

y practica la justicia,

el que dice la verdad de corazón

Y no calumnia con su lengua. R.

El que no hace mal a su prójimo

ni agravia a su vecino,

el que no estima a quien Dios reprueba

y honra a los que temen al Señor. R.

El que no se retracta de lo que juró, aunque salga perjudicado,

el que no presta su dinero a usura

ni acepta soborno contra el inocente.

El que procede así nunca vacilará. R.

EVANGELIO

El Hijo del hombre vino a buscar y a salvar

lo que estaba perdido

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas

19, 1-10

Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era el jefe de los publicanos. Él quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura. Entonces se adelantó y subió a un sicómoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí.

Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: «Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa». Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría.

Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Se ha ido a alojar en casa de un pecador». Pero Zaqueo dijo resueltamente al Señor: «Señor, yo doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le doy cuatro veces más». Y Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

Palabra del Señor.

Reflexión

Apoc. 3, 1-6. 14-22. No podemos quedarnos como en un punto muerto en el que se vive sin decidirse a avanzar o a retroceder. Jamás podemos conformarnos con lo ya realizado; nunca será suficiente; jamás debemos volver la vista atrás para quedarnos contemplando y deleitando los logros del pasado. El Señor nos quiere siempre en camino, pues jamás podremos darnos descanso en el anuncio de su Santo Nombre. Peor nos puede suceder si los bienes materiales embotan nuestra mente y nuestro corazón. No podemos entregarle nuestro corazón a lo pasajero y pensar que somos gratos a Dios sólo porque le damos culto. Es necesario abrirle la puerta al Redentor para que nos haga nuevamente testigos suyos, de tal forma que toda nuestra vida manifieste el poder salvador de Dios, haciéndolo cercano a todos mediante nuestras buenas obras, e incluso mediante la entrega de nuestra propia vida. Quien conserve su vida la perderá; pero el que la pierda por Cristo y su Evangelio, la salvará. Volvamos al Señor mientras aún es tiempo. Permitámosle que haga que nuestro amor vuelva a convertirnos en fieles testigos de su Verdad y de su Salvación, con un compromiso tal que jamás demos marcha atrás en el camino, que, aunque sea arduo, hemos de seguir hasta lograr, junto con todos, la posesión de los bienes verdaderos y definitivos.

Sal. 15 (14). Seamos gratos al Señor. No lo seamos sólo porque nos presentemos ante Él para alabar su Santo Nombre. Quien se encuentre con el Señor con un corazón sincero, debe saber que tiene un gran compromiso de trabajar por la Verdad, por la justicia, por el amor fraterno y por la paz. Efectivamente el Evangelio, además de ser anunciado mediante nuestras palabras, debe ser transmitido mediante nuestras obras, actitudes y vida misma. Sólo así podremos manifestar, ante los demás, la eficacia del Evangelio que nos salva. Entonces seremos gratos al Señor, pues nuestra vida completa se estará convirtiendo en un testimonio real de que somos hijos de Dios. Así, unidos a Cristo; hechos uno con Él en su Vida y en su Misión, junto con Él seremos contemplados por el Padre Dios como sus hijos amados, en quienes Él se complace.

Lc. 19, 1-10. Las riquezas de Zaqueo: Su alegría para acoger a Cristo en su casa; compartir sus alimentos con Cristo; su capacidad de conversión; su apertura a la salvación; su sinceridad al amar. Había un obstáculo para la salvación: el apego a las riquezas temporales. Pero Zaqueo, fiel a su amor hacia Dios reconoce que no puede ir a Él cargado de lo pasajero como si en eso estuviese su felicidad, su salvación, su seguridad. Y devuelve cuatro veces más, no a uno, sino a todos los que había defraudado; y pone la mitad de sus bienes al servicio de los pobres. Juan el Bautista indicaba que la verdadera conversión se manifestaba en que quien tuviera dos túnicas le diera una al que no tiene; y en que el que tuviera comida la compartiera con el que no la tuviese. Dar la mitad de nuestros bienes a los pobres indica que la salvación ha llegado a nuestra casa, pues ya no es lo pasajero sino sólo Dios el centro de nuestra vida; y que hemos entendido que sólo somos administradores de los bienes de Dios en favor de los que nada tienen.

La salvación es Cristo Jesús. Y hoy Él ha llegado a nosotros con todo su poder salvador para enriquecernos con su pobreza. Él se ha despojado incluso de su propia vida para que sean perdonados nuestros pecados, y seamos hechos hijos de Dios. Él nos ha enriquecido con su Vida y con su Espíritu Santo para que ya no vivamos como esclavos sino como hijos. Él no sólo se ha sentado a nuestra mesa de pecadores, sino que a nosotros, pecadores, nos ha invitado a su Mesa para ofrecernos una vida renovada en Él. Ese es el amor que Él nos tiene. Por eso hemos de tener una apertura suficiente para que no nos contentemos con sólo darle culto, sino que dejemos que su Palabra penetre en nosotros y nos ayude a convertirnos de nuestros egoísmos, y a abrir nuestros ojos para hacer el bien a todos aquellos que, tal vez en algún momento, dañamos a causa de nuestros intereses mezquinos. A la luz de Cristo nuestra vida ha de cambiar para poder vivir ya no como hijos de lo pasajero, sino como hijos de Dios, siempre dispuestos a hacer el bien a todos.

Poner lo nuestro a favor de los demás. Y no sólo los bienes materiales, pues los demás no son máquinas a las que tengamos que alimentar con cosas materiales. Qué bueno que nos preocupemos por los pobres y desvalidos. Qué bueno que tratemos de remediar sus males para que compartan con todos la vida, con la misma dignidad a la que todos tenemos derecho. Sin embargo más allá de los bienes materiales hemos de poner a favor de los más desprotegidos nuestros bienes internos, como son el amor fraterno, la paz, la justicia social, nuestro perdón y reconciliación, nuestra alegría. Pues efectivamente no basta recibir a los demás en nuestra casa, hay que recibirlos con gran alegría para que no sólo reciban lo nuestro, sino que nos reciban a nosotros siempre dispuestos a velar por ellos, e incluso a dar nuestra vida para que ellos vivan con dignidad no sólo en lo pasajero, sino como hijos de Dios. Entonces no sólo remediaremos sus males, sino que colaboraremos para que llegue a ellos la salvación.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de ser portadores de la salvación que Dios ofrece a todas las personas en todos los aspectos de su vida, no sólo para ayudarles a recuperar su dignidad en este mundo, sino para encaminar sus pasos hacia la posesión de los bienes definitivos. Amén.