Señor, Dios nuestro, nos hemos reunido en tu presencia, agradeciendo que por medio de tu Palabra nos das algo de tu propio ser que nos ayuda a ser tus discípulos, tus hijos, quienes cualquiera que sea nuestra suerte estaremos firmes en fe y confianza a lo largo de nuestra vida, sea cual sea nuestra suerte. Ayúdanos en estos tiempos, y cuando los días crezcan en dificultad y se llenen de dolor, mantén cuidado de tu pueblo. Ayúdanos a estar firmemente arraigados en la fe, aunque la oscuridad esté en la tierra. Tú nos puedes dar fuerza y valor; nada podemos hacer con nuestra fuerza humana. Sólo el poder de tu Espíritu nos renueva, nos alerta y nos llena de persistente alegría. Porque nosotros somos tu pueblo, tus hijos, y sustentados en tu diligente amor, podemos regocijarnos pese a todo dolor. Amén.

Sábado, 3 de Enero de 2015

El que permanece en Él no peca

Lectura de la primera carta de san Juan

2, 29—3, 6

Hijos míos:

Si ustedes saben que Dios es justo,

sepan también que todo el que practica la justicia

ha nacido de Él.

¡Miren cómo nos amó el Padre!

Quiso que nos llamáramos hijos de Dios,

y nosotros lo somos realmente.

Si el mundo no nos reconoce,

es porque no lo ha reconocido a Él.

Queridos míos,

desde ahora somos hijos de Dios,

y lo que seremos no se ha manifestado todavía.

Sabemos que cuando se manifieste,

seremos semejantes a Él,

porque lo veremos tal cual es.

El que tiene esta esperanza en Él, se purifica,

así como Él es puro.

El que comete el pecado comete también la iniquidad,

porque el pecado es la iniquidad.

Pero ustedes saben que Él se manifestó

para quitar los pecados,

y que Él no tiene pecado.

El que permanece en Él, no peca,

y el que peca no lo ha visto ni lo ha conocido.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL                          97, 1. 3cd-6

R.   ¡El Señor manifestó su victoria!

Canten al Señor un canto nuevo,

porque Él hizo maravillas:

su mano derecha y su santo brazo

le obtuvieron la victoria. R.

Los confines de la tierra han contemplado

el triunfo de nuestro Dios.

Aclame al Señor toda la tierra,

prorrumpan en cantos jubilosos. R.

Canten al Señor con el arpa

y al son de instrumentos musicales;

con clarines y sonidos de trompeta

aclamen al Señor, que es Rey. R.

EVANGELIO

Éste es el Cordero de Dios

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Juan

1, 29-34

Juan Bautista vio acercarse a Jesús y dijo: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él me refería, cuando dije:

Después de mí viene un hombre que me precede,

porque existía antes que yo.

Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que Él fuera manifestado a Israel».

Y Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre El. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ” Aquél sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre El, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo”.

Yo lo he visto y doy testimonio de que Él es el Hijo de Dios».

Palabra del Señor.

Reflexión

1Jn. 2, 29–3, 6.Dios es santo; Dios es amor; Dios es verdad; Dios es vida; Dios es misericordia. Podríamos pasarnos la vida expresando muchas cosas acerca de lo que Dios es, sin jamás poder decir que lo hemos atrapado en nuestros conceptos. Nosotros somos sus hijos. Y lo más importante no es saber qué o quién es Dios, sino cómo manifestamos en nuestro propio ser aquello que decimos de Él, pues al tratar de definirlo estamos definiendo nuestra propia vida. Hoy san Juan nos dice que Dios es santo; y que, por tanto, quienes somos sus hijos debemos ser santos como Dios es santo, ese es el trabajo que hemos de procurar llevar día a día, mediante nuestra identificación con Jesucristo. Quien sólo dice ser hijo de Dios con los labios, pero su vida, sus obras, sus actitudes son de maldad y de pecado, no puede en realidad decir que es hijo de Dios, pues ni siquiera lo conoce para poder vivir conforme a la revelación que de Dios nos hizo su Hijo Jesucristo nuestro Señor.

Sal. 98 (97). Toda nuestra vida se eleva como un canto nuevo de alabanza al Señor nuestro Dios, pues nos ha librado de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian. Él se ha levantado victorioso sobre el pecado y la muerte, y nos ha hecho partícipes de esa victoria. En razón de esto nosotros no podemos vivir pecando, pues si así viviésemos estaríamos dando a entender que, a pesar de que con los labios llamamos Padre a Dios, continuaríamos lejos de Él y esclavos del pecado. Jesucristo ha venido como Salvador nuestro. Unamos a Él nuestra vida y dejémonos conducir por su Espíritu Santo para que, en adelante, nuestras obras manifiesten que en verdad somos hijos de Dios, pues Él habita, como Padre, en nuestros corazones.

Jn. 1, 29-34. Jesús es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Él ha venido como reconciliación nuestra. Él cargó sobre sí los pecados del mundo; en Él encontramos el perdón de nuestros pecados, para ser santos como Dios es Santo. Pero el Hijo de Dios hecho hombre, no ha venido a nosotros sólo para convertirse en nuestra reconciliación y en nuestra paz ante Dios, sino para elevar a la dignidad de hijos de Dios a cuantos creamos en su Nombre y vivamos unidos a Él. El Espíritu Santo da testimonio de que Jesús es Dios-con-nosotros, y de que Él tiene el poder de bautizarnos con el Espíritu Santo. Quienes seamos sumergidos en Él, al participar del mismo Espíritu de Dios, tanto somos sus hijos como estamos llamados a manifestar con nuestras buenas obras nacidas de Dios que somos de su linaje santo.

En esta Eucaristía venimos a reconciliarnos con Dios y a unir nuevamente nuestra vida a Cristo. No venimos a buscar formas de comportamientos correctos conforme a nuestros planes. Venimos a llenarnos de Dios; a abrir nuestro corazón para que Él habite en nosotros de tal forma que patentizamos que queremos permitirle al Señor que sea Él quien lleve a cabo su obra de salvación en nosotros. Debemos dejar a un lado nuestras luchas inútiles de querer llegar a ser como Dios conforme a nuestras imaginaciones. Es verdad que hemos de orar y que hemos de ser prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas; es verdad que hemos de estar vigilantes; es verdad que no podemos encerrar los dones de Dios sino ponerlos a trabajar para que produzcan el ciento por uno. Pero no somos nosotros, quienes con nuestras fuerzas, logramos la salvación que sólo es un regalo de Dios. Después de haber trabajado fuertemente sólo podremos decir: no somos sino sólo siervos inútiles, pues sólo hicimos lo que teníamos que hacer. Quien ha hecho de su vida una morada para el Señor, debe escuchar su Palabra y ponerla en práctica; debe dejarse guiar por el Espíritu Santo para que Él le vaya conformando a la imagen del Hijo de Dios.

Por voluntad de Dios, sobre nosotros ha bajado y se ha posado el Espíritu Santo. Desde ese momento debemos ser testigos, con nuestras obras, de que Dios está en nosotros y guía nuestros pasos por el camino del bien. Quienes hemos sido bautizados y, mediante ese Sacramento y la fe, hemos unido nuestra vida a Jesucristo, tenemos como vocación dar a conocer la presencia salvadora del Señor a todos los pueblos. Entonces podremos colaborar, desde una vida renovada en Cristo, a que se enderece el camino del Señor que muchas veces hemos torcido a causa de nuestros egoísmos. La Iglesia, que vive en medio del mundo, debe ser un signo claro del amor de Dios para todos los pueblos; pero, puesto que está compuesta por pecadores, debemos vivir en una continua conversión de tal forma que, siendo como el barro en manos del alfarero, Dios lleve a plenitud su obra salvadora en nosotros. Si, en cambio, llevamos una vida esclavizada al pecado, no podemos decir que somos de Cristo sino del anticristo, pues, tal vez no nuestras palabras, sino nuestro antitestimonio de fe a causa de nuestras malas obras, en lugar de construir, estaría destruyendo el Reino de Dios entre nosotros.

Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir plenamente unidos a Jesucristo como Señor y Salvador de nuestra vida, de tal forma que, guiados por el Espíritu Santo, seamos constructores de la paz y del amor fraterno hasta el día en que, juntos como hermanos, gocemos de la paz y del gozo sin ocaso en la vida eterna. Amén.

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