El Papa Francisco reflexionó sobre la fuerza de la oración durante su homilía matinal de este martes en Casa Santa Marta. Dijo que rezar evita que el corazón se endurezca.

Recordó a las mujeres que logran milagros con su oración, como Santa Mónica cuando obtuvo la conversión de su hijo San Agustín.

FRANCISCO
“La oración hace milagros. También hace milagros a los cristianos, ya sean fieles laicos, sacerdotes, obispos, que han perdido, la piedad. La oración de los fieles cambia a la Iglesia; no somos nosotros, los papas, los obispos, los sacerdotes, las religiosas quienes llevamos adelante la Iglesia. ¡Son los santos! Y los santos son estos, como aquella mujer. Los santos son aquellos que tienen el coraje de creer que Dios es el Señor que puede hacer todo”.

Por último, Francisco recordó que a veces se reza sin saber llegar al Señor y pedirle su gracia.

EXTRACTOS DE LA HOMILÍA DEL PAPA
(Fuente: Radio Vaticana)
“Ana rezaba en su corazón y se movían sólo los labios, si bien la voz no se oía. Este es el coraje de una mujer de fe que con su dolor, con sus lágrimas, pide al Señor la gracia. Tantas buenas mujeres son así en la Iglesia, ¡tantas!, que van a rezar como si fuera una apuesta… Pensemos sólo en una grande, Santa Mónica, que con sus lágrimas logró obtener la gracia de la conversión de su hijo, San Agustín. Tantas cosas son así”.

Elí, el sacerdote, es “un pobre hombre” hacia el cual – admitió textualmente el Papa Francisco – “tengo cierta simpatía” porque “también en mí encuentro defectos que me acercan a él y me permiten comprenderlo bien”. “Con cuánta facilidad – dijo también el Papa – nosotros juzgamos a las personas, con cuánta facilidad les faltamos el respeto al decir: ‘¿Pero qué cosa tendrá en su corazón? No lo sé, pero yo no digo nada…’”. Cuando “falta la piedad en el corazón, siempre se piensa mal” y no se comprende a quien, en cambio, reza “con dolor y con angustia” y “encomienda aquel dolor y angustia al Señor”:

“Esta oración la ha conocido Jesús en el Huerto de los Olivos, cuando era tanta la angustia y tanto el dolor que sudó sangre. Y no reprochó al Padre: ‘Padre, si tú quieres quítame esto, pero que se haga tu voluntad’. Y Jesús ha respondido por el mismo camino de esta mujer: la docilidad. A veces, nosotros rezamos, pedimos al Señor, pero tantas veces no sabemos llegar precisamente a aquella lucha con el Señor, a las lágrimas, a pedir, a pedir la gracia”.