Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (50,4-17):

El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo; para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los discípulos.
El Señor Dios me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes ni salivazos.
El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 21,2a.8-9.17-18a.19-20.23-24

R/. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al verme, se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre si tanto lo quiere». R.

Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos. R.

Se reparten mi ropa,
echan a suertes mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. R.

Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
«Los que teméis al Señor, alabadlo;
linaje de Jacob, glorificadlo;
temedlo, linaje de Israel». R.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (2,6-11):

Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de si mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres.
Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Palabra de Dios

Evangelio

Evangelio segúnsegún san Lucas (22,14–23,56):
En aquel tiempo, los ancianos del pueblo, con los jefes de los sacerdotes y los escribas llevaron a Jesús a presencia de Pilato.
No encuentro ninguna culpa en este hombre
C. Y se pusieron a acusarlo diciendo
S. «Hemos encontrado que este anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos
al César, y diciendo que él es el Mesías rey».
C. Pilatos le preguntó:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?».
C. El le responde:
+ «Tú lo dices».
C. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la gente:
S. «No encuentro ninguna culpa en este hombre».
C. Toda la muchedumbre que había concurrido a este espectáculo, al ver las cosas que habían ocurrido, se volvía dándose golpes de pecho.
Todos sus conocidos y las mujeres que lo habían seguido desde Galilea se mantenían a distancia, viendo todo esto.
C. Pero ellos insitían con más fuerza, diciendo:
S. «Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde que comenzó en Galilea hasta llegar aquí».
C. Pilato, al oírlo, preguntó si el hombre era galileo; y, al enterarse de que era de la jurisdicción de Herodes,
que estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días, se lo remitió.
Herodes, con sus soldados, lo trató con desprecio
C. Herodes, al vera a Jesús, se puso muy contento, pues hacía bastante tiempo que deseaba verlo, porque oía hablar de él y esperaba verle hacer algún milagro. Le hacía muchas preguntas con abundante verborrea; pero él no le contestó nada.
Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándolo con ahínco.
Herodes, con sus soldados, lo trató con desprecio y, después de burlarse de él, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos entre sí Herodes y Pilato, porque antes estaban enemistados entre si.
Pilato entregó a Jesús a su voluntad 
C. Pilato, después de convocar a los sumos sacerdotes, a los magistrados	y al pueblo, les dijo:
S. «Me habéis traído a este hombre como agitador del pueblo; y resulta que yo lo he interrogado	delante de vosotros y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas de que lo acusáis; pero tampoco Herodes, porque nos lo ha devuelto: ya veis que no ha hecho nada digno de muerte. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré».
C. Ellos vociferaron en masa:
S. «¡Quita de en medio a ese! Suéltanos a Barrabás».
C. Este había sido metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio.
Pilato volvió a dirigirles la palabra queriendo soltar a Jesús, pero ellos seguían gritando:
S. «¡Crucifícalo, crucifícalo!».
C. Por tercera vez les dijo:
S. «Pues ¿qué mal ha hecho este? No he encontrado en él ninguna culpa	que merezca la muerte. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré».
C. Pero ellos se le echaban encima, pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo su griterío.
Pilato entonces sentenció que se realizara lo que pedían: soltó al que le reclamaban (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su voluntad.
Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí.
C. Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús.
Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él.
Jesús se volvió hacia ellas y les dijo:
+ «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que vienen días en los que dirán:

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas

 

22, 7.14-23, 56

He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes

antes de mi Pasión

C.   Llegó el día de los Ázimos, en el que se debía inmolar la víctima pascual. Cuando fue la hora, Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo:

a  «He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión, porque les aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios».

 C.   Y tomando una copa, dio gracias y dijo:

a  «Tomen y compártanla entre ustedes. Porque les aseguro que desde ahora no beberé más del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios».

Hagan esto en conmemoración mía

C.   Luego tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:

a   «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía».

C.   Después de la cena hizo lo mismo con la copa, diciendo:

a    «Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi Sangre, que se derrama por ustedes.

La mano del traidor está sobre la mesa, junto a mí. Porque el Hijo del hombre va por el camino que le ha sido señalado, pero ¡ay de aquel que lo va a entregar!»

C. Entonces comenzaron a preguntarse unos a otros quién de ellos sería el que iba a hacer eso.

Y surgió una discusión sobre quién debía ser considerado como el más grande. Jesús les dijo:

a  «Los reyes de las naciones dominan sobre ellas, y los que ejercen el poder sobre el pueblo se hacen llamar bienhechores. Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor. Porque, ¿quién es más grande, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es acaso el que está a la mesa? y sin embargo, Yo estoy entre ustedes como el que sirve.

Ustedes son los que han permanecido siempre conmigo en medio de mis pruebas. Por eso Yo les confiero la realeza, como mi Padre me la confirió a mí. Y en mi Reino, ustedes comerán y beberán en mi mesa, y se sentarán sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.

Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearlos como el trigo, pero Yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos».

C.   Pedro le dijo:

S.   «Señor, estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte».

C.   Pero Jesús replicó:

a  «Yo te aseguro, Pedro, que hoy, antes que cante el gallo, habrás negado tres veces que me conoces».

C.   Después les dijo:

a  «Cuando los envié sin bolsa, ni provisiones, ni sandalia, ¿les faltó alguna cosa?»

C.   Respondieron:

S.   «Nada»

C.   Él agregó:

a  «Pero ahora el que tenga una bolsa, que la lleve; el que tenga una alforja, que la lleve también; y el que no tenga espada, que venda su manto para comprar una. Porque les aseguro que debe cumplirse en mí esta palabra de la Escritura: “Fue contado entre los malhechores”. Ya llega a su fin todo lo que se refiere a mí».

C.   Ellos le dijeron:

S.   «Señor, aquí hay dos espadas».

C.   Él les respondió:

a  «Basta».

En medio de la angustia, Él oraba más intensamente

C.  Enseguida Jesús salió y fue como de costumbre al monte de los Olivos, seguido de sus discípulos. Cuando llegaron, les dijo:

a  «Oren, para no caer en la tentación».

C.   Después se alejó de ellos, más o menos a la distancia de un tiro de piedra, y puesto de rodillas, oraba:

a  «Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya».

C.   Entonces se le apareció un ángel del cielo que lo reconfortaba. En medio de la angustia, Él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo.

Después de orar se levantó, fue hacia donde estaban sus discípulos y los encontró adormecidos por la tristeza. Jesús les dijo:

a  «¿Por qué están durmiendo? Levántense y oren para no caer en la tentación».

Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?

C.   Todavía estaba hablando, cuando llegó una multitud encabezada por el que se llamaba Judas, uno de los Doce. Éste se acercó a Jesús para besarlo. Jesús le dijo:

a  «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?»

C.   Los que estaban con Jesús, viendo lo que iba a suceder, le preguntaron:

S.   «Señor, ¿usamos la espada?»

C.   Y uno de ellos hirió con su espada al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha. Pero Jesús dijo:

a  «Dejen, ya está».

C.  Y tocándole la oreja, lo sanó. Después dijo a los sumos sacerdotes, a los jefes de la guardia del Templo y a los ancianos que habían venido a arrestarlo:

a  «¿Soy acaso un bandido para que vengan con espadas y palos? Todos los días estaba con ustedes en el Templo y no me arrestaron. Pero esta es la hora de ustedes y el poder de las tinieblas».

Pedro, saliendo afuera, lloró amargamente

C.   Después de arrestarlo, lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote. Pedro lo seguía de lejos. Encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor de él y Pedro se sentó entre ellos. Una sirvienta que lo vio junto al fuego, lo miró fijamente y dijo:

S.   «Éste también estaba con Él».

C.   Pedro lo negó diciendo:

S.   «Mujer, no lo conozco».

C.   Poco después, otro lo vio y dijo:

S.   «Tú también eres uno de aquellos».

C.   Pero Pedro respondió:

S.   «No, hombre, no lo soy».

Profetiza, ¿quién te golpeó?

C.   Los hombres que custodiaban a Jesús lo ultrajaban y lo golpeaban; y tapándole el rostro, le decían:

S.   «Profetiza, ¿quién te golpeó?»

C.   Y proferían contra Él toda clase de insultos.

Llevaron a Jesús ante el tribunal

C.   Cuando amaneció, se reunió el Consejo de los ancianos del pueblo, junto con los sumos sacerdotes y los escribas. Llevaron a Jesús ante el tribunal y le dijeron:

S.   «Dinos si eres el Mesías».

C.   Él les dijo:

a  «Si Yo les respondo, ustedes no me creerán, y si los interrogo, no me responderán. Pero en adelante, el Hijo del hombre se sentará a la derecha de Dios todopoderoso».

C.   Todos preguntaron:

S.   «¿Entonces eres el Hijo de Dios?»

C.   Jesús respondió:

a  «Tienen razón, Yo lo soy».

C.   Ellos dijeron:

S. «¿Acaso necesitamos otro testimonio? Nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca».

C.   Después se levantó toda la asamblea y lo llevaron ante Pilato.

No encuentro en este hombre ningún motivo de condena

C.   Y comenzaron a acusarlo, diciendo:

S.   «Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos al Emperador, y pretendiendo ser el rey Mesías».

C.   Pilato lo interrogó, diciendo:

S.   «¿Eres Tú el rey de los judíos?»

a  «Tú lo dices».

C.   Le respondió Jesús. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la multitud:

S.   «No encuentro en este hombre ningún motivo de condena». c. Pero ellos insistían:

S.   «Subleva al pueblo con su enseñanza en toda la Judea. Comenzó en Galilea y ha llegado hasta aquí».

C.   Al oír esto, Pilato preguntó si ese hombre era galileo. y habiéndose asegurado de que pertenecía a la jurisdicción de Herodes, se lo envió. En esos días, también Herodes se encontraba en Jerusalén.

Herodes y sus guardias lo trataron con desprecio

C.   Herodes se alegró mucho al ver a Jesús. Hacía tiempo que deseaba verlo, por lo que había oído decir de Él, y esperaba que hiciera algún prodigio en su presencia. Le hizo muchas preguntas, pero Jesús no le respondió nada. Entre tanto, los sumos sacerdote y los escribas estaban allí y lo acusaban con vehemencia.

Herodes y sus guardias, después de tratarlo con desprecio y ponerlo en ridículo, lo cubrieron con un magnífico manto y lo enviaron de nuevo a Pilato. Y ese mismo día, Herodes y Pilato, que estaban enemistados, se hicieron amigos.

Pilato entregó a Jesús al arbitrio de ellos

C.   Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los jefes y al pueblo, y les dijo:

S.   «Ustedes me han traído a este hombre, acusándolo de incitar al pueblo a la rebelión. Pero yo lo interrogué delante de ustedes y no encontré ningún motivo de condena en los cargos de que lo acusan; ni tampoco Herodes, ya que él lo ha devuelto a este tribunal. Como ven, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad».

C.   Pero la multitud comenzó a gritar:

S.   «¡Qué muera este hombre! ¡Suéltanos a Barrabás!»

C.   A Barrabás lo habían encarcelado por una sedición que tuvo lugar en la ciudad y por homicidio.

Pilato volvió a dirigirles la palabra con la intención de poner en libertad a Jesús. Pero ellos seguían gritando:

S.   «¡Crucificalo! ¡Crucificalo!»

C.   Por tercera vez les dijo:

S.   «¿Qué mal ha hecho este hombre? No encuentro en Él nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad».

C.   Pero ellos insistían a gritos, reclamando que fuera crucificado, y el griterío se hacía cada vez más violento. Al fin, Pilato resolvió acceder al pedido del pueblo. Dejó en libertad al que ellos pedían, al que había sido encarcelado por sedición y homicidio, y a Jesús lo entregó al arbitrio de ellos.

Hijas de Jerusalén, no lloren por mí

C.  Cuando lo llevaban, detuvieron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús. Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por Él. Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo:

a  «¡Hijas de Jerusalén!, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos. Porque se acerca el tiempo en que se dirá: ¡Felices las estériles, felices los vientres que no concibieron y los pechos que no amamantaron! Entonces se dirá a las montañas: “¡Caigan sobre nosotros!, y a los cerros: “¡Sepúltennos!” Porque si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?»

C.   Con Él llevaban también a otros dos malhechores, para ser ejecutados.

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen

C.  Cuando llegaron al lugar llamado «del Cráneo», lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía:

a  «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».

C.   Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ellos.

Éste es el rey de los judíos

C.   El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían:

S.   «Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!»

C.   También los soldados se burlaban de Él y, acercándose para ofrecer1e vinagre, le decían:

S.   «Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!»

C.   Sobre su cabeza había una inscripción: «Éste es el rey de los judíos».

Hoy estarás conmigo en el Paraíso

C.   Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo:

S.   «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».

C.   Pero el otro lo increpaba, diciéndole:

S.   «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que Él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero Él no ha hecho nada malo».

C.   Y decía:

S.   «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino».

C.   Él le respondió:

a  «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu

C.   Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio. Jesús, con un grito, exclamó:

a  «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».

C.   Y diciendo esto, expiró.

Aquí todos se arrodillan, y se hace un breve silencio de adoración.

C.   Cuando el centurión vio lo que había pasado, alabó a Dios, exclamando:

S.   «Realmente este hombre era un justo».

C.   Y la multitud que se había reunido para contemplar el espectáculo, al ver lo sucedido, regresaba golpeándose el pecho. Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido.

José colocó el cuerpo de Jesús en un sepulcro cavado en la roca

C.   Llegó entonces un miembro del Consejo, llamado José, hombre recto y justo, que había disentido con las decisiones y actitudes de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios. Fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Después de bajarlo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro cavado en la roca, donde nadie había sido sepultado.

Era el día de la Preparación, y ya comenzaba el sábado.

Las mujeres que habían venido de Galilea con Jesús siguieron a José, observaron el sepulcro y vieron cómo había sido sepultado. Después regresaron y prepararon los bálsamos y perfumes, pero el sábado observaron el descanso que prescribía la Ley.

Palabra del Señor.

Homilía

CRISTO SIGUE MURIENDO POR NOSOTROS

1.- Jesús no se echó atrás. Jesús es el siervo sufriente. La lectura de Isaías tiene tres partes. Primero el profeta dice que Dios lo ha escogido y lo ha impulsado para proclamar la palabra de Dios. Segundo, el profeta no echa para atrás. Ofrece la espalda a golpes, recibe los insultos por ser profeta de Dios. Finalmente, el profeta persiste en mostrar coraje: su rostro fue como roca. Eso es lo mismo que vemos en la Pasión: Jesús no echó para atrás. Sabía que su ministerio y su predicación acababan en estas torturas y humillaciones, en esta muerte tan cruel y fea. Obedeció al Padre. Proclamó la verdad del Padre. Cumplió su misión por el Padre. Nosotros no lo podíamos hacer. No lo tenemos que hacer porque Jesús lo hizo por nosotros. Sí, nosotros también tenemos que obedecer, endurecer la cara como roca, hasta recibir insultos y golpes, pero no es nada comparable con la Pasión de Cristo porque Cristo era Dios mismo.

2.- Se humilló por nosotros. Jesús se entregó libremente por nosotros. En la carta a los Filipenses, San Pablo, en uno de los pasajes más maravillosos de la Biblia entera, describe en un himno lírico como Jesús abandonó sus prerrogativas divinas para tomar la condición de siervo, para humillarse, para morir en una cruz. Nosotros no somos divinos, nosotros mismos nos humillamos en muchas cosas antes que otros nos humillan, para nosotros la muerte es inevitable. Pero no fue así con Cristo. El Hijo se hizo humano y escogió ser humillado y morir. Para nosotros, al contrario, la humillación y la muerte son parte de nuestra condición desde nuestro nacimiento. Jesús hizo lo que nosotros nunca pudiéramos hacer.

3.- Aceptar nuestra propia cruz. La entrega de Jesús por nosotros para liberarnos del peso del pecado. La lectura de la pasión nos recuerda los últimos momentos vividos intensamente por Jesús. No podemos quedarnos con la contemplación piadosa de un cuadro melodramático. La lectura de la pasión debe ayudarnos para descubrir el drama que hoy vive la humanidad y nuestra actitud ante ella. No se proclama la Pasión de Jesús para contemplar o imaginar un espectáculo masoquista que nos muestra cómo unos hombres malos mataron al Hijo de Dios. Tampoco se proclama para que los fieles nos demos golpes de pecho y lloremos desgarradamente por el “pecado de Adán”, ni para sentirnos culpables porque en esa cruz pesada. No podemos olvidar que Él cargó con nuestros pecados. Aceptar nuestra propia cruz nos cuesta mucho, pero nos puede ayudar a llegar hasta Dios. Este cuento nos puede ayudar a comprenderlo:

“Una vez un joven andaba buscando al Señor, pues quería ser su amigo. El Señor estaba en el bosque preparando cruces para que sus amigos le siguiéramos. El joven encontró al Señor y cargó con una cruz. Era grande, pesada y tenía nudos que le herían en la espalda. Un diablejo se le cruzó y le ofreció un hacha. Fue cortando trozos a la cruz para calentarse por la noche. Cortó los nudos y ya no le dañaba. Así, lisa y pequeña, resultaba bonita. Casi podría colgársela al cuello como adorno. Pero al llegar al reino vio que la puerta estaba en lo alto de la muralla. «Apoya la cruz en la muralla y trepa por los nudos», le dijo el Señor. Pero la había recortado y pulido tanto que no podía subir. «Vuelve sobre tus pasos, le insistió el Señor, y si ves a alguno agobiado, ayúdale y así podréis subir juntos los dos con la cruz de tu amigo”.

Ayudemos nosotros a llevar la cruz a aquellos que sufren su peso… Su cruz puede ayudarnos a subir al Reino…

4.- La Pasión hoy en nuestro mundo Abramos nuestros oídos y también nuestros ojos, nuestra mente y nuestro corazón, para descubrir, en la lectura de la Pasión, nuestra propia realidad. Tal vez nos identifiquemos con el que traiciona y vende a su amigo, a su familia, o a su pueblo por dinero. El hombre que facilita su casa para celebrar la cena pascual y provee generosamente para el compartir fraterno. El miedo de los discípulos ante el peligro; la falsa promesa de Pedro de acompañar a Jesús y estar dispuesto a morir con él, y la negación posterior. La debilidad en la oración por parte de los discípulos, el sueño que no los deja ver la realidad y la invitación a estar siempre vigilantes y orantes, pues no es fácil asumir la cruz de cada día. ¿Existen esas realidades en nuestro entorno social, familiar y eclesial? ¿Existen hoy personas que buscan la justicia por medios violentos, como lo quiso hacer aquel que sacó la espada para defender el proyecto de Jesús? ¿Existen hoy personas que, llenas de miedo, abandonan la causa del Reino y se esconden para defender sus vidas? ¿Existen hoy juicios como el que le hicieron a Jesús?

José María Martín OSA

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ENTRÓ COMO REDENTOR Y SALIÓ CRUCIFICADO

1.- Bendito el que viene en nombre del Señor. Así comenzamos la Semana Santa: gritando entusiasmados la llegada del que viene en nombre del Señor, dando vivas al Altísimo. El que grita es el pueblo sencillo, la gente pobre que espera y desea la llegada de un futuro mejor, de un reino nuevo como el que predica este profeta de Galilea. El domingo de Ramos siempre ha tenido en la tradición católica un aire de fiesta, de entusiasmo, de alegre fe y esperanza cristiana. “El que no estrena en Ramos, o es cojo o no tiene manos”, decían antaño en mi pueblo. Comienza la semana más grande del año, la Semana Santa. Gritamos porque no estamos contentos con lo que somos y lo que tenemos, y esperamos que alguien venga a sacarnos de nuestra postración y nuestra miseria. Eso le ocurría a la gente sencilla que acompañaba a Jesús en su entrada triunfal a Jerusalén. Veían a Jesús como a un redentor, como un liberador, como alguien más poderoso y más santo que los jefes políticos y religiosos que tenían. Y querían que este profeta les librara ya, anulando poderosa y milagrosamente a la gente que se le oponía. Por eso se desanimaron tan pronto, cuando vieron que este profeta era llevado, vencido y ajusticiado, por los poderosos de siempre. A muchos de nosotros puede pasarnos hoy lo mismo que pasó a la gente sencilla del tiempo de Jesús. Queremos que alguien nos arregle de un plumazo la situación de crisis por la que estamos pasando; queremos que nos arreglen las cosas hoy y ya, como por arte de magia, sin que nosotros tengamos que poner algo, o mucho, por nuestra parte. Y no es así: la redención sólo llega después de un tiempo duro de pasión. Si nos negamos a la pasión, estamos renunciando a la redención. Estoy hablando en sentido cristiano, claro.

2.- Ellos gritaron más fuerte: ¡crucifícalo! Los que gritaban ahora eran los mismos que le aclamaron cuando entraba en Jerusalén. ¿Por qué lo hacían? El texto evangélico dice que porque los sumos sacerdotes habían soliviantado a la gente. Podríamos decir que el pueblo, las masas, eran entonces más fácilmente manejables y manipulables de lo que son ahora. Porque entonces la gente, el pueblo sencillo, no sabía ni leer, ni escribir. Pero no conviene exagerar las diferencias. Ahora, como entonces, la gente prefiere creer al que le promete un futuro mejor, más rápido, y con el menor sacrificio posible. Todos queremos que llegue cuanto antes el reino de Dios, un reino de justicia, de amor y de paz. Pero no queremos andar el camino propuesto por Cristo para llegar a él, el camino de las Bienaventuranzas. Dejamos que otros sean los pobres, los mansos, los que luchan por la justicia, los que perdonan, los que son generosos en amar a todos, preferentemente a los más necesitados. Nosotros queremos primero el éxito, el dinero, las satisfacciones materiales, el poder político y económico; para nosotros eso es lo primero y urgente; el camino de las bienaventuranzas puede esperar. Y por eso, al que nos pide humildad, fortaleza en la adversidad, lucha contra la injusticia, corazón limpio y un amor generoso y sacrificado a Dios y al prójimo le volvemos la espalda. Y dejamos que crucifiquen al Cristo que predica amor y perdón, lucha contra el mal y amor hasta la muerte. En este Domingo de Ramos hagamos el propósito de luchar siempre contra el mal y de ponernos a favor de tantas personas que, por amor a Dios y al prójimo, son capaces de exponer hasta su propia vida en defensa de los valores del evangelio de Jesús. Así lo hizo nuestro Salvador, el aclamado primero como Rey y crucificado después como reo.

 

Gabriel González del Estal

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¡HOSSANNA A LA MISERICORDIA!

En un mísero portal nació el amor. Por un portal, nimio y pobre, entró la divinidad hecha humanidad. Y en este Domingo de Ramos, portal de la Semana Santa, avanza entre cantos de júbilos, aleluyas, aclamaciones y ramos el que es Rey de nuestra vida: Jesús de Nazaret. En este Año de la Misericordia, el Domingo de Ramos, alcanza su más alto significado: viene la misericordia de Dios a nuestro encuentro. Lo hace sobre pollino y en medio de alabanzas.

En estos días, la misericordia de Dios, será vendida, negada, maltratada, humillada, muerta y resucitada. Y es que, ya lo dijo San Juan de la Cruz: “Al atardecer de la vida nos examinarán del amor”. La Pascua, en cierta forma, es un test que se nos brinda a todo cristiano: ¿Eres pascua del Señor –con todo lo que ello implica– allá donde te encuentras?

1.- El Domingo de Ramos tiene, además, otras connotaciones que nos hacen recuperar y sentir el alma de niño que todos llevamos dentro. Frente a tantos dioses de hojalata y cartón que el mundo nos presenta como idílicos, esta fiesta nos hace poner los ojos en el Rey y Señor. En Aquel que, entre otras cosas, nos nutre de esperanza en instantes de desesperación, de alimento cuando vemos que el pan del mundo no nos basta y de sed de eternidad cuando, los recipientes de esta sociedad caprichosa, no nos sacian.

El Domingo de Ramos es un cruce de sensaciones: entra por la puerta la misericordia de Dios (para ser aclamada) y saldrá por ella (en viernes santo) sin más compañía que Juan y María. Los demás, como muchos de nosotros lo hacemos durante el resto del año, mirarán –miraremos- a la cruz (con Cristo incluido) desde lejos. ¿O no?

En el fondo, Domingo de Ramos, es la antesala de la soledad y de la traición, del poderío de un gran Rey que –aparentemente– es derrotado en la cruz, de la contradicción de los que decimos quererle pero, en situaciones difíciles, nos echamos atrás. Domingo de Ramos es la alfombra del camino fácil pero, el Viernes Santo, es la cuesta arriba del amor que vale.

2. ¡HOSANNA AL HIJO DE DIOS! Hoy la misericordia de Dios, la que viene al encuentro de nuestras miserias y perdiciones, cabalga sobre pollino. Lo hace desde la humildad y sin ruido. En cambio, nuestras “misericordias” a menudo las envolvemos en notoriedad y orgullo olvidando que, el Siervo de los siervos, nos indica un camino para hacer visible nuestra entrega: la humillación y el silencio. Cantamos y coreamos en este día. Pero, también es verdad, que –el corazón– nos invita a gritar: ¡No subas, Señor!

¡HOSANNA AL HIJO DE DIOS! Proclamemos en este inicio de la Semana Santa que, en este mundo tan vacío de referentes morales, sociales, políticos y económicos, Jesús nos da unas pistas para convertir esta realidad nuestra en un pequeño paraíso. El Papa Francisco, no hace mucho tiempo, afirmaba: “Algunos se empeñan en hacer de esta tierra un infierno, en abocarnos a una tercera guerra mundial”. Que la Pascua que vamos a celebrar sea un motivo para levantar los ojos hacia el cielo, ensanchar nuestro espíritu, afirmar nuestra esperanza y desvelarnos por aquellas situaciones que exigen nuestra presencia sobre el pollino de la humildad, servicio, amor, generosidad o amparo. Feliz Pascua del Señor! Entremos, con Jesús, camino de Jerusalén.

Javier Leoz