Lectura del libro de Isaías (52,13–53,12):

Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho. Como muchos se espantaron de él, porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano, así asombrará a muchos pueblos, ante él los reyes cerrarán la boca, al ver algo inenarrable y contemplar algo inaudito. ¿Quién creyó nuestro anuncio? ¿A quién se reveló el brazo del Señor. Creció en su presencia como brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes. Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca; como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron, ¿quién meditó en su destino? Lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mi pueblo lo hirieron. Le dieron sepultura con los malvados, y una tumba con los malhechores, aunque no había cometido crímenes ni hubo engaño en su boca. El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación; verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano. Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos. Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 30,2.6.12-13.15-16.17.25

R/. Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu

A ti , Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo.
A tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás. R/.

Soy la burla de todos mis enemigos,
la irrisión de mis vecinos,
el espanto de mis conocidos;
me ven por la calle, y escapan de mí.
Me han olvidado como a un muerto,
me han desechado como a un cacharro inútil. R/.

Pero yo confío en ti, Señor,
te digo: «Tú eres mi Dios.»
En tu mano están mis azares;
líbrame de los enemigos que me persiguen. R/.

Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
Sed fuertes y valientes de corazón,
los que esperáis en el Señor. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (4,14-16;5,7-9):

Mantengamos la confesión de la fe, ya que tenemos un sumo sacerdote grande, que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios. No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado. Por eso, acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente. Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado. Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.

Palabra de Dios

Evangelio

Evangelio segúnto según san Juan (18,1–19,42), del viernes, 25 de marzo de 2016

 

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan (18,1–19,42):

C. En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el traidor, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Judas entonces, tomando la patrulla y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo:
+ «¿A quién buscáis?»
C. Le contestaron:
S. «A Jesús, el Nazareno.»
C. Les dijo Jesús:
+ «Yo soy.»
C. Estaba también con ellos Judas, el traidor. Al decirles: «Yo soy», retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez:
+ «¿A quién buscáis?»
C. Ellos dijeron:
S. «A Jesús, el Nazareno.»
C. Jesús contestó:
+ «Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos»
C. Y así se cumplió lo que había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me diste.» Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro:
+ «Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?»
C. La patrulla, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año; era Caifás el que había dado a los judíos este consejo: «Conviene que muera un solo hombre por el pueblo.» Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La criada que hacía de portera dijo entonces a Pedro:
S. «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?»
C. Él dijo:
S. «No lo soy.»
C. Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose. El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de la doctrina. Jesús le contestó:
+ «Yo he hablado abiertamente al mundo; yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído, de qué les he hablado. Ellos saben lo que he dicho yo.»
C. Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaban allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo:
S. «¿Así contestas al sumo sacerdote?»
C. Jesús respondió:
+ «Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?»
C. Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote. Simón Pedro estaba en pie, calentándose, y le dijeron:
S. «¿No eres tú también de sus discípulos?»
C. Él lo negó, diciendo:
S. «No lo soy.»
C. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo:
S. «¿No te he visto yo con él en el huerto?»
C. Pedro volvió a negar, y enseguida cantó un gallo. Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en el pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo:
S. «¿Qué acusación presentáis contra este hombre?»
C. Le contestaron:
S. «Si éste no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos.»
C. Pilato les dijo:
S. «Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra ley.»
C. Los judíos le dijeron:
S. «No estamos autorizados para dar muerte a nadie.»
C. Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir. Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?»
C. Jesús le contestó:
+ «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?»
C. Pilato replicó:
S. «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?»
C. Jesús le contestó:
+ «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.»
C. Pilato le dijo:
S. «Conque, ¿tú eres rey?»
C. Jesús le contestó:
+ «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.»
C. Pilato le dijo:
S. «Y, ¿qué es la verdad?»
C. Dicho esto, salió otra vez adonde estaban los judíos y les dijo:
S. «Yo no encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?»
C. Volvieron a gritar:
S. «A ése no, a Barrabás.»
C. El tal Barrabás era un bandido. Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; y, acercándose a él, le decían:
S. «¡Salve, rey de los judíos!»
C. Y le daban bofetadas. Pilato salió otra vez afuera y les dijo:
S. «Mirad, os lo saco afuera, para que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa.»
C. Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color purpúra. Pilato les dijo:
S. «Aquí lo tenéis.»
C. Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron:
S. «¡Crucifícalo, crucíficalo!»
C. Pilato les dijo:
S «Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él.»
C. Los judíos le contestaron:
S «Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios.»
C. Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más y, entrando otra vez en el pretorio, dijo a Jesús:
S. «¿De dónde eres tú?»
C. Pero Jesús no le dio respuesta. Y Pilato le dijo:
S. «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?»
C. Jesús le contestó:
+ «No tendrías ninguna autoridad sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor.»
C. Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban:
S. «Si sueltas a ése, no eres amigo del César. Todo el que se declara rey está contra el César.»
C. Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el sitio que llaman “el Enlosado” (en hebreo Gábbata). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos:
S. «Aquí tenéis a vuestro rey.»
C. Ellos gritaron:
S. «¡Fuera, fuera; crucifícalo!»
C. Pilato les dijo:
S. «¿A vuestro rey voy a crucificar?»
C. Contestaron los sumos sacerdotes:
S. «No tenemos más rey que al César.»
C. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran. Tomaron a Jesús, y él, cargando con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos.» Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato:
S. «No, escribas: “El rey de los judíos”, sino: “Éste ha dicho: Soy el rey de los judíos.”»
C. Pilato les contestó:
S. «Lo escrito, escrito está.»
C. Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron:
S. «No la rasguemos, sino echemos a suerte, a ver a quién le toca.»
C. Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica». Esto hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre:
+ «Mujer, ahí tienes a tu hijo.»
C. Luego, dijo al discípulo:
+ «Ahí tienes a tu madre.»
C. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa. Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo:
+ «Tengo sed.»
C. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo:
+ «Está cumplido.»
C. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que atravesaron.» Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo clandestino de Jesús por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

Palabra del Señor

Reflexión

DE RODILLAS, ANTE JESÚS CRUCIFICADO

1.- Muéveme el verte clavado en esa cruz y escarnecido, muéveme el ver tu cuerpo tan herido, muévenme tus afrentas y tu muerte. Todos hemos leído más de una vez este famosísimo soneto a Jesús crucificado. Refleja realmente muy bien el sentimiento de muchas personas que, ante el Cristo clavado en el madero de la cruz, han sentido alivio en sus propios dolores físicos o psicológicos. No sólo ante sus propios dolores, sino también ante los dolores de la humanidad. Han sido muchos los santos y personas piadosas que, mirando a Cristo crucificado, han experimentado en su alma unas ansias inmensas de purificación y amor. En esta tarde de viernes santo millones de personas, de todas razas, lenguas y lugares, se sienten, una vez más, conmovidas ante el dolor, el escarnio y la muerte de un hombre Dios que, por amor a nosotros, aceptó la muerte y la crucifixión. Sí, ¡cuántas personas, contemplando y sintiendo el dolor de Cristo crucificado, han encontrado alivio y consuelo en sus propios dolores! Más sufrió Cristo, hemos oído decir a muchas personas a las que el dolor físico o espiritual les maltrataba interiormente. Porque sabemos que el dolor de Cristo no fue un dolor merecido, ni buscado, sino un dolor aceptado y ofrecido al Padre para salvarnos. El Cristo crucificado y muerto en la cruz nos enseña a aceptar muchos dolores no buscados, ni queridos, y a hacer de nuestro dolor un fuego purificador y redentor. Podemos dar sentido a muchos dolores no queridos, ni buscados, si sabemos dar a nuestros dolores un sentido redentor y purificador, uniendo con amor nuestros dolores al dolor de Cristo. El dolor, como el fuego, o nos purifica o nos destruye. El dolor de Cristo nos purificó y nos salvó; pidamos al Cristo crucificado que también nuestros dolores nos purifiquen a nosotros y salven a los demás.

2.- Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores… sus cicatrices nos curaron. Estas palabras del profeta Isaías están referidas al “siervo de Yahveh”, pero nosotros las aplicamos al Cristo crucificado. Cristo sufrió por nosotros, sufrió por los demás. Cristo quiso hacer suyos nuestros sufrimientos y nuestros dolores. Lo hizo por amor, porque sólo por amor se puede sufrir por los demás con un sufrimiento redentor. Así, los padres hacen suyos los sufrimientos de sus hijos y así toda persona amante hace suyos los sufrimientos de la persona amada. Cristo quiere que, por amor, hagamos nuestros los sufrimientos de los demás, para salvar a los demás. Por amor han sufrido siempre muchos misioneros sufrimientos físicos, psicológicos y espirituales. Lo hacían y siguen haciéndolo para salvar a muchas personas del sufrimiento injusto e innecesario, liberándoles de la miseria física, cultural y espiritual. Los cristianos estamos llamados a saber sufrir por los demás, imitando a Cristo, cuando comprendamos que nuestro sufrimiento puede y debe ser un sufrimiento salvador y redentor. En nuestra vida diaria son muchos los momentos en los que deberemos aceptar el sufrimiento que nos causan los demás, y deberemos hacerlo siempre por amor. En esta tarde del viernes santo ofrezcamos al Padre todos los sufrimientos que nos causan los demás. Y hagámoslo por amor, por un amor que purifica y salva. A eso nos convoca esta tarde el Cristo clavado en la cruz.

 

Gabriel González del Estal

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SABER DECIR “AMEN”

1.- Soportó nuestros sufrimientos. Jesús vino a darnos la vida y la salvación, como la vid da la vida a los sarmientos. Es el Mesías prometido por Dios a su pueblo. Pero es también el “Siervo de Yahvé” que soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores. Jesús terminó clavado en la cruz construida con la madera de un frío árbol, fue asesinado por su infinito Amor a nosotros y por su obediencia a la voluntad del Padre, como dice la Carta a los Hebreos: “Aprendió a obedecer y se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación”. El canto del Siervo de Yahvé es desgarrador: “maltratado voluntariamente se humillaba y no abría la boca; como un cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca”. La cruz es símbolo de adhesión, de confianza, de amor. Sin embargo, cuando somos incoherentes le matamos en nuestro corazón….le entregamos como Judas, a cambio de unas pocas monedas sin valor: egoísmo, comodidad, mediocridad, falta de confianza…). Nosotros también decimos muchas veces ¡crucifícale!

2.- Se humilló por nosotros. Entregó todo, hasta su vida, por nosotros. La cruz en el Imperio Romano era un signo de tortura reservado a los peores malhechores. Jesús, que no había cometido ningún delito, murió en la cruz por nosotros. El Evangelio predicado por Él es una Buena Noticia liberadora para los oprimidos, pero ponía en tela de juicio el poder establecido. La cruz fue la consecuencia de la vida de Jesús. Fue consecuente, y por eso le mataron. Ahora este instrumento de tortura se ha convertido para nosotros en signo de amor y liberación en signo de salvación. La cruz es, en esa historia de amor, el mayor abajamiento y despojamiento del Hijo (kénosis) y su mayor exaltación, pues es ahí donde nos mostró que su amor no tenía límites y que ni siquiera el miedo a la muerte podía hacerle retroceder en su compromiso por la salvación de todos. Esa humillación de morir en cruz, como un maldito, siendo el Hijo amado del Padre, fue el comienzo de su glorificación, pues el Padre mismo lo “levantó” de entre los muertos y lo resucitó como primicia de nuestra propia resurrección.

3.- Debemos aprender a aceptar nuestras cruces diarias. El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga. Nos sigue invitando a que no nos olvidemos de nosotros mismos y nos centremos en intentar hacer felices a los demás, en que caminemos por sus caminos y no por los nuestros, en dejar que se cumpla su plan en nosotros. Sólo respondiendo a la llamada que nos hace a cada uno de nosotros descubriremos el verdadero sentido de la muerte de Cristo e iremos preparando el camino para que el Señor resucite en nuestro corazón hasta poder descubrir que la Resurrección convierte el árbol muerto de la Cruz en símbolo de vida para siempre. En la muerte de Jesús en la Cruz se nos muestra su fidelidad insobornable a Dios Padre. En la Cruz contemplamos al testigo del amor y la misericordia de Dios. El crucificado es el que ha de guiar nuestros pasos. Optemos por la Cruz de la vida. Optemos por ser sarmientos de la vid verdadera. Olvidémonos de nosotros mismos. Carguemos con nuestras pequeñas cruces….y sigamos su camino. Digamos “Amén”, aceptemos la cruz que nos libera.

 

José María Martín OSA

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LA MISERICORDIA CLAVADA

+Asesinadas a sangre fría por el fundamentalismo islámico en el mismo lugar en el que entregaban día a día su vida por los más pobres de entre los pobres. Este fue el destino de cuatro monjas de la congregación de las Misioneras de la Caridad cruelmente asesinadas en Yemen ante el silencio mediático y la indiferencia de la comunidad internacional, que ha ignorado la masacre perpetrada en el nombre del Corán.

Allá donde, de una forma admirable y extrema, entregaban su vida por discapacitados y ancianos encontraban la muerte. Habían asistido a la oración de la mañana y después de celebrar la eucaristía, como el mismo Cristo ayer en Jueves Santo, subieron a la cruz. El mundo de los poderosos, al igual que ocurrió con Cristo, ignoraba ese momento: ¡Moría Jesús entonces! ¡Morían cuatro religiosas con Cristo y por Cristo!

-Hasta el Papa Francisco ha lamentado el silencio cómplice y vergonzoso de este globalizado mundo que, en pantalla, nos trae noticias ridículas y nos ocultan las que retratan, por delante y por detrás, la situación en la que viven miles y miles de cristianos masacrados por la persecución islamista.

+Nos viene muy bien, este acontecimiento dramático pero con profundas resonancias de fidelidad martirial, para centrar este momento de pasión y muerte de Cristo.

–Jesús no hizo otra cosa sino hacer el bien (como estas religiosas) pero fue un incomprendido, perseguido y alzado como infame en el árbol de la cruz.

+En la cruz, el Señor, nos regala 7 escasas palabras de misericordia, de vértigo y de paz

-DE MISERICORDIA: “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen”. “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. “Ahí tienes a tu Madre; Madre ahí tienes a tu hijo”

-DE VÉRTIGO: “Dios mío, Dios mío por qué me has abandonado”. “Tengo sed”

-DE PAZ: “Todo se ha consumado”. “A tus manos encomiendo mi espíritu”

-Por nuestro amor murió el Señor en la cruz. Ha ido en cabeza, para que luego nosotros como cuerpo, sigamos sus caminos que no son otros que los de confiar y dejarse llevar por Dios.

Ha muerto pero, sabemos que su muerte no es inútil, el Señor volverá. Pero, cuando vuelva, ¿cómo nos encontrará?

Cantando la alegría del Resucitado o con los evangelios acumulando polvo fruto de una época y no de una vida de resurrección

¿Dando testimonio de su pasión y de su muerte, o llevando una cruz sin saber muy bien qué significa?

¿Despiertos, contentos, entusiastas y esperanzados de ser sus testigos o dormidos y paralizados por el cloroformo del secularismo que todo lo invade?

¿Entregando hasta nuestro último aliento por su reino o replegándonos por la presión de tantos poderes mediáticos que nos aturden o confunden?

Te vas, Señor, pero sabemos que volverás. ¡Vuelve! ¡Vuelve Cristo! Ahora, durante unas horas, lucha a brazo partido con la muerte para que –con tu muerte– la muerte sea vencida y, en ese madero, nuestra vida futura conquistada. Porque, tú Señor, con tu muerte vences a la muerte. Tu victoria es la nuestra. Amén.

 Javier Leoz

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