ernes, 23 de Septiembre de 2016

Hay un tiempo para cada cosa bajo el sol

Lectura del libro del Eclesiastés

3, 1-11

Hay un momento para todo

y un tiempo para cada cosa bajo el sol:

un tiempo para nacer y un tiempo para morir,

un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado;

un tiempo para matar y un tiempo para sanar,

un tiempo para demoler y un tiempo para edificar;

un tiempo para llorar y un tiempo para reír,

un tiempo para lamentarse y un tiempo para bailar;

un tiempo para arrojar piedras y un tiempo para recogerlas,

un tiempo para abrazarse y un tiempo para separarse;

un tiempo para buscar y un tiempo para perder,

un tiempo para guardar y un tiempo para tirar;

un tiempo para rasgar y un tiempo para coser,

un tiempo para callar y un tiempo para hablar;

un tiempo para amar y un tiempo para odiar,

un tiempo de guerra y un tiempo de paz.

¿Qué provecho obtiene el trabajador con su esfuerzo?

Yo vi la tarea que Dios impuso a los hombres

para que se ocupen de ella.

Él hizo todas las cosas apropiadas a su tiempo,

pero también puso en el corazón del hombre

el sentido del tiempo pasado y futuro,

sin que el hombre pueda descubrir

la obra que hace Dios desde el principio hasta el fin.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL                                          143, 1a. 2-4

R.    ¡Bendito sea el Señor, mi Roca!

Bendito sea el Señor, mi Roca,

Él es mi bienhechor y mi fortaleza,

mi baluarte y mi libertador;

Él es el escudo con que me resguardo. R.

Señor, ¿qué es el hombre para que Tú lo cuides,

y el ser humano, para que pienses en él?

El hombre es semejante a un soplo,

y sus días son como una sombra fugaz. R.

EVANGELIO

eres el Mesías de Dios.

El Hijo del hombre debe sufrir mucho

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas

9, 18-22

Un día en que Jesús oraba a solas y sus discípulos estaban con Él, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy Yo?»

Ellos le respondieron: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado».

«Pero ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy Yo?»

Pedro, tomando la palabra, respondió: «Tú eres el Mesías de Dios».

Y Él les ordenó terminantemente que no lo anunciaran a nadie, diciéndoles:

«El Hijo del hombre debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día».

Palabra del Señor.

Reflexión

Ecli. 3, 1-11. Sólo somos dueños del presente. En Él nos aferramos, luchando por conquistar una vida mejor, más digna para todos. En él trabajamos los cristianos por hacer realidad el Reino de Dios. Contemplamos un futuro sin todo aquello que hoy nos oprime o nos hace sufrir. Pero no basta con tener buenos, o tal vez los mejores deseos sobre una vida plena; hay que ponernos en camino para llegar a la realización de nuestras esperanzas. Hay Alguien que camina junto a nosotros y que con su ayuda, impulsa nuestra vida y que, aunque Verdadero Dios, es hombre verdadero igual a nosotros, Cristo Jesús. En este camino no podemos sólo entregar nuestra vida para que las futuras generaciones disfruten de una existencia mejor, y de un mundo más perfecto de como nosotros lo recibimos; no podemos esforzarnos por construir la civilización del amor desde Cristo sin que disfrutemos, nosotros mismos, del producto de nuestro trabajo y del esfuerzo de las generaciones anteriores a nosotros. Lo único que se nos pide a nosotros es no estacionarnos y, aunque gozando de nuestros logros, que continuemos esforzándonos y caminando hacia la meta, hasta lograr que llegue a nosotros, en toda plenitud el Reino de Dios.

Sal. 144 (143). Hoy somos, mañana dejamos de existir. Pero hoy tenemos una misión. Hoy somos los responsables de nuestra sociedad y de todo lo creado. Hoy somos los trabajadores de esta jornada. Por eso, los que creemos en Cristo, debemos poner nuestra vida en manos del Señor, para que, fortalecidos por su Gracia, y a la luz de su Espíritu Santo, que habita en nosotros, podamos colaborar para llevar adelante su Obra Salvadora. No huyamos de nuestras responsabilidades; no queramos vivir cobardemente escondidos, incluso recluidos en Dios. Entregarle a Dios nuestra vida no puede llevarnos a eludir el cumplimiento fiel de la Misión que tenemos de darle un nuevo rostro a la humanidad: El Rostro de Cristo; rostro de santidad, de justicia, de alegría, de misericordia, de amor y de paz.

Lc. 9, 18-22. Antes de que nosotros mismos demos respuesta a los requerimientos de Cristo, veamos cómo ha respondido Él mismo a la pregunta de lo que nosotros somos para Él. Su respuesta no la ha dado sólo con palabras cargadas de amor y de ternura; su respuesta la ha dado de un modo vital. Él se hizo uno de nosotros, sufrió mucho, fue rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; fue entregado a la muerte, clavando en la cruz el documento que nos condenaba, dándonos, así, el perdón de nuestros pecados. Y resucitó al tercer día para darnos nueva vida y poder presentarnos santos, como Él es Santo, ante su Padre Dios, para que sea nuestra la Gloria que, como a Hijo unigénito del Padre, le corresponde. Eso es lo que nosotros somos para Cristo. ¿Qué respuesta daremos, cada uno de nosotros, cuando nos está preguntando sobre lo que Él es para nosotros? Ojalá y no nos quedemos dando una respuesta nacida de lo aprendido en el Catecismo, o en la profundización de materias que nos hablan de Dios. Ojalá y nuestra respuesta se dé desde nuestra propia vida, en la que el Señor sea el centro de nuestro amor y Aquel por quien realizamos todo, escuchando su Palabra, haciendo en todo su voluntad y dejándonos conducir por su Espíritu, para poder llegar a poseer los bienes eternos.

Hoy el Señor nos reúne en torno a Él, para que seamos testigos del gran amor que nos tiene. La Celebración del Memorial de su Misterio Pascual nos introduce en una experiencia personal del amor de Dios, que nos pone en camino para encontrarnos definitivamente con Él. Por eso este momento debe ser el más significativo de nuestro día. No venimos al Señor sólo por una tradición heredada de nuestros padre; ni sólo por lo que otros nos han dicho del Señor. Somos nosotros los que nos involucramos en el Misterio de Salvación que Cristo nos ofrece. Hechos uno con Él hemos de manifestar lo que realmente significa Él para nosotros: Nuestro amor, centrado en Él de tal manera que nos dejamos transformar en una imagen suya, lo más perfecta posible en nuestro mundo. Démosle a Cristo plena libertad en nosotros para que, desde nosotros, Él continúe su obra salvadora entre nosotros.

El Señor nos ha hecho suyos y nos ha comunicado todos sus bienes. Los que en verdad hemos aceptado su vida en nosotros debemos vivir, firmemente afianzados en la tierra, cumpliendo con todo aquello que se nos ha encomendado, no destruyendo, sino potenciando más la vida, sin perder de vista los bienes eternos, no como una conquista al final de nuestra vida, sino como algo que ya desde ahora vamos haciendo realidad entre nosotros, de tal forma que día a día vamos gozando de más amor fraterno, de más paz, de más bondad, de más misericordia, de más justicia, y de más alegría, que son dones que proceden de Dios para que los hagamos nuestros. Tratemos siempre de ser hombres de esperanza. No vivamos bajo el signo de la cobardía, pues no hemos sido bautizados en el espíritu del temor, sino en el Espíritu Santo, que dinamiza a la Iglesia y la pone en camino para ir conquistando, ya desde ahora, el Reino de Dios entre nosotros siendo testigo vivo del amor de Dios en medio del mundo.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber amarlo con todo nuestro ser y con toda verdad, de tal forma que, transformados por Él y en Él podamos manifestarle lo que Él significa en nosotros; y colaborar para que, desde nuestro propio testimonio, muchos más puedan encontrar el camino que les conduzca hacia Dios, para que sea Él el que le dé el auténtico sentido a sus vidas. Amén.