LECTURAS DEL DOMINGO 23 DE OCTUBRE DE 2016

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO

La súplica del humilde atraviesa las nubes

Lectura del libro del Eclesiástico

35, 12-14. 16-18

El Señor es juez

y no hace distinción de personas:

no se muestra parcial contra el pobre

y escucha la súplica del oprimido;

no desoye la plegaria del huérfano,

ni a la viuda, cuando expone su queja.

El que rinde el culto que agrada al Señor, es aceptado,

y su plegaria llega hasta las nubes.

La súplica del humilde atraviesa las nubes

y mientras no llega a su destino, él no se consuela:

no desiste hasta que el Altísimo interviene,

para juzgar a los justos y hacerles justicia.

Palabra de Dios.

 

SALMO RESPONSORIAL                                                    33, 2-3. 17-19. 23

R.    El pobre invocó al Señor,  y Él lo escuchó.

Bendeciré al Señor en todo tiempo,

su alabanza estará siempre en mis labios.

Mi alma se gloria en el Señor:

que lo oigan los humildes y se alegren.  R.

El Señor rechaza a los que hacen el mal

para borrar su recuerdo de la tierra.

Cuando los justos claman, el Señor los escucha

y los libra de todas sus angustias.  R.

El Señor está cerca del que sufre

y salva a los que están abatidos.

El Señor rescata a sus servidores,

y los que se refugian en Él no serán castigados.  R.

Está preparada para mí la corona de justicia

Lectura de la segunda carta del Apóstol san Pablo

a Timoteo

4, 6-8. 16-18

Querido hijo:

Ya estoy a punto de ser derramado como una libación, y el momento de mi partida se aproxima: he peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe. Y ya está preparada para mí la corona de justicia, que el Señor, como justo Juez, me dará en ese Día, y no solamente a mí, sino a todos los que hayan aguardado con amor su manifestación.

Cuando hice mi primera defensa, nadie me acompañó, sino que todos me abandonaron. ¡Ojalá que no les sea tenido en cuenta!

Pero el Señor estuvo a mi lado, dándome fuerzas, para que el mensaje fuera proclamado por mi intermedio y llegara a oídos de todos los paganos. Así fui librado de la boca del león.

El Señor me librará de todo mal y me preservará hasta que entre en su Reino celestial. ¡A Él sea la gloria por los siglos de los siglos! Amén.

Palabra de Dios.

EVANGELIO

El publicano volvió a su casa justificado,  pero no el fariseo

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas

18, 9-14

Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, Jesús dijo esta parábola:

Dos hombres subieron al Templo para orar; uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba así: «Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas».

En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: «¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!»

Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado.

Palabra del Señor.

 

Reflexión

LA POBREZA MATERIAL Y LA POBREZA ESPIRITUAL

1.- Os digo que el publicano bajó a su casa, justificado; y el fariseo no. Ni el fariseo, ni el publicano eran materialmente pobres. El pobre material es el que no tiene los bienes materiales necesarios para vivir con dignidad; el pobre espiritual es, como nos dice san Agustín, el humilde, el que no pone su confianza en sí mismo, sino en Dios. En la parábola de este domingo vemos que el fariseo presumía de sus propios méritos ante Dios y le daba gracias a Dios porque él, el fariseo, era mejor que los demás; además despreciaba al publicano, al que consideraba un pecador. El publicano, en cambio, reconocía que era un pecador, que por sus propios méritos no podía salvarse y, por eso, imploraba la compasión de Dios. Jesús justifica al publicano no porque fuera pobre material, sino porque era humilde, es decir, era pobre en sentido espiritual. Esta parábola debemos aplicarla a nuestra vida, como todas las parábolas del evangelio. Hay pobres materiales buenos y malos, Dios tiene una opción preferencial también por estos pobres materiales, para que dejen de serlo, porque la pobreza material no elegida es un mal y Dios quiere que salgan de su pobreza material y se conviertan, haciéndose pobres en sentido espiritual, a los que san Mateo llama pobres de espíritu, declarándolos bienaventurados. Procuremos cada uno de nosotros tener los bienes materiales que nos son necesarios para vivir con dignidad y ayudemos, en la medida de nuestras posibilidades a los pobres materiales para que salgan de su pobreza. Y confiemos siempre en Dios, que es el único que puede concedernos la salvación espiritual. En definitiva, seamos humildes ante Dios y caritativos con el prójimo necesitado. Y, por favor, no despreciemos nunca a nadie.

2.- El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial; no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido. Este texto del libro del Eclesiástico nos aclara que Dios no es parcial al favorecer al pobre frente al rico, porque Dios es justo y quiere que todos tengamos lo necesario. Si Dios ayuda más al pobre es porque éste lo necesita más y Dios ayuda más a los que más lo necesitan. Así debemos ser nosotros, no es que amemos más al pobre que al rico, porque sí, sino que amamos más al pobre en el sentido que reconocemos que el pobre está materialmente más necesitado de nuestra ayuda que el rico. Amamos más al que más necesita nuestra ayuda, sea rico o pobre. No olvidemos que también hay ricos materiales que son muy pobres en otras cosas y en sus necesidades nosotros debemos ayudarles igualmente. La enfermedad es pobreza, la soledad es pobreza, el pecado es pobreza, y aunque los enfermos, las personas que viven solas o abandonadas, los pecadores sean materialmente ricos, nosotros debemos ayudarles en lo que son pobres, es decir, en su enfermedad, en soledad, en su condición de pecadores, porque en estos aspectos están necesitados de ayuda. Sin alimento uno no puede vivir feliz, pero con solo pan tampoco uno es feliz. Lo cristiano es ayudar a cada uno en lo que este necesita. Es en este sentido en el que dice el libro del Eclesiástico que Dios no es parcial al ayudar al pobre, más que al rico. Hagamos nosotros lo mismo.

3.- Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida. El autor de esta carta, un discípulo de Pablo, recuerda las palabras que san Pablo les decía momentos antes de morir, poniéndose el mismo Pablo como ejemplo de lo que deben ser todos los seguidores y discípulos de Cristo. Les dice Pablo, y nos dice a nosotros, que si somos fieles a Cristo hasta el final de nuestra vida, Cristo nos dará después de nuestra muerte la corona merecida, es decir, la gloria eterna. Lo nuestro es luchar hasta el final de nuestra vida, siendo fieles seguidores del mismo Jesús, estando dispuestos siempre, como lo estuvo Pablo, a predicar y vivir el evangelio del reino con todas nuestras apalabras y acciones. Si nosotros somos fieles seguidores de Jesús mientras vivamos en esta vida, Cristo no nos va a fallar y, al final de nuestra vida, nos dará el premio, la corona merecida. La esperanza y la confianza en el cumplimiento de las palabras de Cristo deben darnos, sobre todo en los momentos difíciles, fuerza y paz para vivir y predicar el evangelio con valentía y constancia. El ejemplo de san Pablo debe animarnos hoy a nosotros en estos tiempos difíciles para la fe que nos ha tocado vivir.

MISERICORDIA ACOGEDORA DE DIOS

1.- Dos personajes, dos actitudes. Dos formas de entender la relación con Dios. El fariseo se creía santo, por eso se sentía “separado” de otro, el publicano. El afán de piedad y de santidad llevó a muchos a separarse de los demás, eran los “parushim” –en hebreo significa separado–. Cifraban la santidad en el cumplimiento de la ley tal como prescribía el Levítico. Ponían todo su empeño en la recitación diaria de oraciones, ayunos y la práctica de la caridad. Se sentían satisfechos por lo que eran y por lo que les diferenciaba de los demás. Estaban convencidos de que así obtenían el favor de Dios. Sin embargo, aquél que se creía cerca de Dios, en realidad estaba lejos. ¿Por qué? Porque le faltaba lo más esencial: el amor. Así lo reconoció después Pablo, que fue fariseo antes de su encuentro con Cristo: “si no tengo amor, no soy nada”. Aunque alguien repartiera en limosna todo lo que tiene y hasta se dejara quemar vivo, si le falta el amor, no vale de nada. El fariseo dice “Te doy gracias”. San Agustín se pregunta dónde está su pecado y obtiene la respuesta: “en su soberbia, en que despreciaba a los demás”

2.- El publicano tenía lo que le faltaba al fariseo: amor. Se quedó atrás, no se atrevía a entrar. Pero Dios no estaba lejos de él, sino cerca. No da gracias, sino que pide perdón. No se atrevía a levantar los ojos a Dios, porque se miraba a sí mismo y reconocía su miseria, pero confía en la misericordia de Dios. Una vez más Dios está en la miseria del hombre, para levantarle de la misma. El publicano tenía lo que le faltaba al fariseo: amor. No puede curarse quien no es capaz de descubrir sus heridas. El publicano se examinaba a sí mismo y descubría su enfermedad. Quiere curarse, por eso acude al único médico que puede vendarle y curarle tras aplicarle el medicamento: su gracia sanadora. No se trata aquí de caer en el maniqueísmo: hombre malo, hombre bueno. El fariseo era pecador y no lo reconocía, el publicano también era pecador, pero lo reconocía y quería cambiar. El fariseo se siente ya contento con lo que hace, se siente salvado con cumplir, pero esto no es suficiente. En el Salmo proclamamos que Dios está cerca de los atribulados. En realidad está cerca de todos, pero sólo puede entrar en aquellos que le invocan, porque El escucha siempre al afligido. Este es justificado y el fariseo no. Pablo en la carta a los Romanos emplea el mismo término “justificación” –en hebreo dikaiow”. Justificar es declarar justo a alguien y sólo Dios puede hacerlo, no uno mismo. No es un mérito que se pueda exigir, sino un don gratuito de Dios. Él es misericordioso con todos.

3.- “El que se exalta será humillado y el que se humilla será enaltecido” Examinemos nuestro comportamiento como cristianos. ¿No somos muchas veces como el fariseo creyéndonos en la exclusiva de la salvación porque “cumplimos” nuestros deberes religiosos? Incluso despreciamos a los demás o les tachamos de herejes o depravados. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar? Sólo Dios puede justificar. Además la fe cristiana no consiste sólo en un cumplimiento de devociones, sino en encontrarnos con Jesucristo resucitado y dejar que su amor vivificante transforme nuestra vida. Entonces nos daremos cuenta de que hay amor en nuestra vida.

4.-“Sal de tu tierra”. Es el lema del Domund. Es la invitación que nos hace el papa Francisco a salir de nosotros mismos, de nuestras fronteras y de la propia comodidad, para, como discípulos misioneros, poner al servicio de los demás los propios talentos y nuestra creatividad, sabiduría y experiencia. Es una salida que implica un envío y un destino. La misión ad gentes es universal y no tiene fronteras. Solo quedan excluidos aquellos ámbitos que rechazan al misionero. Aun así, también en ellos se hace presente con su espíritu y su fuerza. Las huellas que aparecen en el cartel son expresión del lema “Sal de tu tierra”. Los tonos empleados para las huellas del caminante y para el fondo son familiares a quienes desde hace muchos años han identificado los cinco continentes con colores distintos. El mandato de Yahvé Dios a Abrahán, para que saliera de su tierra y fuera a la tierra prometida, está permanentemente actualizado por los discípulos misioneros, que han hecho propia la repetida expresión del papa Francisco: “una Iglesia en salida”. Las cruces en las huellas es un detalle que podría pasar inadvertido, pero que permite distinguir esas pisadas de las de otras personas que salen de su tierra por otros motivos diversos. Las cruces que discretamente aparecen en la marca de esas huellas recuerdan la cruz que cada misionero o misionera recibe el día de su envío por parte de la Iglesia; cruz que es el distintivo de su misión de amor y misericordia, continuadora de la de Cristo. Que también nosotros salgamos de nuestro egoísmo y de todo aquello que nos retiene, para salir al encuentro del hermano necesitado.

EL ORGULLOSO CON SU “YO” Y EL HUMILDE CON DIOS

1.- Todos necesitamos de todos y vivimos de todos, aunque estemos inflados de orgullo y vanidad.

–Unas veces somos tan “farisaicos” que nos cuesta muy poco y casi nada traspasar los límites y ajustar cuentas con el mismo Dios sin percatarnos que todo nos viene de Él.

–En otras ocasiones sale a relucir la humildad que llevamos dentro y optamos por ponernos al final del templo sacando de la maleta los más viejos y negativos recuerdos sin reflexionar que Dios hace tiempo que los olvidó.

–Aunque, ciertamente, hay otros tantos hermanos nuestros que se sitúan tan al fondo de la iglesia que parecen estar (más que ante Dios) jugando al escondite con el Espíritu Santo o, simplemente, cumpliendo para luego marchar cuanto antes para continuar viviendo sin más trascendencia.

2. Uno y otro, el orgulloso del humilde, se distinguen por algo en esta parábola que nos presenta Jesús: el primero hablaba desde la arrogancia y el segundo, en cambio, desde el corazón.

Lo mismo, en una dirección u otra, nos podemos reflejar también nosotros:

*Si vivimos nuestra fe como un simple código de normas… somos fariseo

*Si nos sentimos sostenidos por la mano de Dios… somos publicano

*Si sacamos las medallas al mérito… somos fariseo

*Si buscamos en el trasfondo de todo lo que hemos realizado a Dios….somos publicano

*Si nos sentimos los mejores y los auténticos… somos fariseo

*Si intentamos vivir y pensar en Dios sin comparaciones… somos publicano

3.- En cuántas ocasiones acudimos a la iglesia intentando buscar a Dios y, sin darnos cuenta, ponemos un espejo delante de nosotros para autocomplacernos con la caridad que hicimos o con el ramillete de oraciones contabilizadas en el disco duro de nuestra memoria.

Dios, en cambio, saborea y disfruta con la naturalidad y espontaneidad de sus hijos. Sabe, mucho antes de que nos instalemos en su presencia, con que disfraces venimos y con qué traje deseamos salir de nuevo a la vida. Dios, que tiene de ingenio todo, va al fondo del corazón. Y en el corazón es donde El disfruta y goza con nosotros. En el corazón del creyente no existen las cuentas pendientes ni los reproches. En el corazón humilde es donde hemos de aprender a buscar y guardar la voz de un Dios que valora y potencia la humildad como una gran autopista para ir más deprisa a su encuentro.

3.- Pidamos a Dios que ese “yo” que se siente seguro de sí mismo, que se cree mejor que todo el mundo, más perfecto en todo, más rico, más inteligente, más experto en la vida, etc., sea disuelto por la inquietud de ser auténticos seguidores de Cristo.

También yo (aquí y ahora en el gran templo que es mi vida), en multitud de situaciones, puedo correr el riesgo de caer en la misma actitud farisaica:

-Cuando me considero el mejor vecino o el inigualable amigo

-Cuando pienso que nadie desarrolla el trabajo como yo

-Cuando descalifico a los demás creyéndome el poseedor de toda verdad

-Cuando voy perdonando la vida a los que no caminan al mismo ritmo que yo o la suerte no les ha sonreído como a mí

-Cuando me considero más formado en las letras, en la ciencia o en la fe y sin derecho a réplica

4.- Estamos en el año dedicado a la Misericordia. Tal vez, una forma práctica de llevar a cabo el evangelio de hoy, sea el ocupar los primeros bancos de la iglesia no para relatar a Dios nuestros éxitos pero sí para que seamos cada día más sensibles al gran valor que tiene estar cerca del altar y del lugar desde donde El habla. Al fin y al cabo, la humildad se cosecha más y mejor con aquello que más nos cuesta.