Sábado, 12 de noviembre de 2016

Debemos acoger a los hermanos,

a fin de colaborar con ellos en favor de la verdad

Lectura de la tercera carta de san Juan

5-8

Querido hermano:

Tú obras fielmente, al ponerte al servicio de tus hermanos, incluso de los que están de paso, y ellos dieron testimonio de tu amor delante de la Iglesia. Harás bien en ayudarlos para que puedan proseguir su viaje de una manera digna de Dios, porque ellos se pusieron en camino para servir a Cristo, sin aceptar nada de los paganos. Por eso debemos acogerlos, a fin de colaborar con ellos en favor de la verdad.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL                                      111, 1-6

R.    ¡Feliz el que teme al Señor!

Feliz el hombre que teme al Señor

y se complace en sus mandamientos.

Su descendencia será fuerte en la tierra:

la posteridad de los justos es bendecida. R.

En su casa habrá abundancia y riqueza,

su generosidad permanecerá para siempre.

Para los buenos brilla una luz en las tinieblas:

es el Bondadoso, el Compasivo y el Justo. R.

Dichoso el que se compadece y da prestado,

y administra sus negocios con rectitud.

El justo no vacilará jamás,

su recuerdo permanecerá para siempre. R.

EVANGELIO

Dios hará justicia a sus elegidos que claman a Él

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas

18, 1-8

Jesús enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse:

«En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaban los hombres; y en la misma ciudad vivía una viuda que recurría a él, diciéndole: “Te ruego que me hagas justicia contra mi adversario”.

Durante mucho tiempo el juez se negó, pero después dijo: “Yo no temo a Dios ni me importan los hombres, pero como esta viuda me molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme”».

Y el Señor dijo: «Oigan lo que dijo este juez injusto. Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a Él día y noche, aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia.

Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?»

Palabra del Señor.

Reflexión

3Jn. 5-8. Colaboremos en la difusión de la Verdad. Ojalá y lo hagamos poniéndonos en camino para que, como testigos, procuremos que el Nombre del Señor sea conocido por todos, y a todos alcance la salvación.

Sin embargo, puesto que muchos no tienen la oportunidad de cumplir así con la Misión que el Señor confió a su Iglesia, deben procurar colaborar en la difusión del Evangelio mediante la ayuda que han de aportar para lo necesario del viaje de los misioneros. Esto no debe llevar a que el Misionero busque una vida cómoda a base de la ayuda de los demás, pues no es un traficante de Cristo sino un Testigo y Apóstol del Señor.

Aprendamos a vivir en comunión de fe y en una verdadera solidaridad de unos para con otros, de tal forma que, de una u otra forma, todos nos sintamos responsables en el anuncio del Evangelio para que todos alcancen la plenitud en Cristo Jesús, único Camino de salvación para todas las naciones.

Sal. 112 (111). Dios vela siempre por los suyos y jamás abandonará a quien ha puesto en Él su confianza.

Nosotros no sólo hemos de vivir en Dios; sino que, a partir de nuestra vida de Comunión con el Señor, nos hemos de convertir en fieles testigos suyos. Viviendo como hijos y amigos de Dios Él nos bendecirá con toda clase de bendiciones.

Sin embargo no hemos de vivir cercanos y fieles a Dios interesados únicamente en recibir de Él sus dones, pues lo que más le ha de interesar al auténtico hombre de fe no son las cosas de Dios, sino Dios mismo.

Por eso el Señor nos invita a buscar, antes que nada, el Reino de Dios y su Justicia, pues lo demás vendrá a nosotros por añadidura. Más aún: recibiendo fortuna y bienestar venidos de Dios, no nos convirtamos en avaros y acaparadores, pues, ¿de qué nos serviría ganar el mundo entero si al final perdemos el alma? Aprendamos a compartir lo nuestro con los que nada tienen. Entonces podremos realmente decir que nuestro corazón está centrado sólo en Dios.

Lc. 18, 1-8. Y continúa la historia de dolor de quien se siente sólo y abandonado, como viuda por quien no haya quien vele por sus derechos.

Clamar a Dios día y noche pidiendo que su justicia llegue a nosotros, que su Reino se abra paso entre nosotros es vivir esperanzados en que algún día las cosas podrán cambiar. Pero ese cambio no se hará de un modo mágico. Alguien se ha puesto como parteaguas entre opresores y oprimidos: Cristo, solución de Dios para destruir el pecado y exponer a la vergüenza al Diablo y a sus seguidores.

Clamar a Dios día y noche para que nos haga justicia sin tardar nos debe poner también a nosotros en camino para no ser los que generen maldades e injusticias, sino para que a todos llegue la justicia y la salvación de Dios.

No podemos vivir nuestra fe en Cristo con hipocresía, pues el Señor sólo reconocerá como suyos a todos aquellos que, siguiendo sus huellas, supieron preocuparse del bien de sus hermanos hasta dar la vida por ellos.

Somos peregrinos por este mundo en busca de la Patria eterna. Y el Señor nos recibe hoy en su Casa para alimentarnos y fortalecernos, de tal manera que podamos continuar nuestro camino, fortalecidos con su Gracia.

Dios es el primero en colaborar con nosotros en la difusión de la Verdad, pues no sólo nos instruye y envía como testigos suyos, sino que repara nuestras fuerzas con el Pan de Vida y con su Espíritu Santo.

Por eso nosotros acudimos al Señor con una oración sincera, no tanto a solicitar bienes materiales y pasajeros, sino a pedirle que nos fortalezca para que, por medio de su Iglesia, el Reino de Dios se abra paso en el corazón de toda la humanidad.

Nuestra mayor alegría consiste en vernos honrados por haber sido elegidos por Dios para que continuemos en la historia la obra salvadora de su Hijo. Que Él habite en nosotros para que, desde nosotros, Él continúe su obra salvadora en el mundo. Esto es el motivo de nuestras oraciones, pues lo más importante para nosotros es que seamos portadores del Evangelio de la gracia para todos.

Oremos sin cesar, siempre y sin desfallecer. Pidámosle a Dios que nos haga justicia contra nuestro adversario.

La Victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte ha de ser nuestra Victoria. Pero no sólo nos hemos de acercar al trono de la gracia para confesar nuestros pecados. Cristo realmente hará justicia contra nuestro adversario cuando nos haga ser criaturas nuevas, renovadas en Él. Entonces nos manifestaremos como personas más justas, más rectas, más misericordiosas, más capaces de perdonar, más capaces de trabajar por la paz y de hacer el bien a todos.

Conocemos nuestro propio interior y nuestras propias esclavitudes. Muchas veces hacemos el mal que no queremos y nos quedamos lejos de hacer el bien que deseamos, pues nos arrastra nuestra propia concupiscencia. Por eso hemos de acudir al Señor, no sólo pidiéndole que nos dé un mundo más justo, más en paz y más fraterno; sino pidiéndole que nos ayude a ser los primeros en dejarnos liberar de todo aquello que nos esclaviza al pecado, para que iniciemos una vida renovada en Cristo, y poder, a partir de ahí, dedicarnos a trabajar siempre y sin desfallecer en tratar de lograr que todos encuentren en Cristo la salvación y el cumplimiento de sus aspiraciones de bondad y de perfección, pues no hay otro Nombre en el cual podamos alcanzar nuestra justificación eterna.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de convertirnos en un signo de su santidad en medio de nuestros hermanos, no sólo disfrutando de este magnífico Don, sino trabajando para que la Justicia de Dios se haga realidad como fuente de salvación para toda la humanidad. Amén.