LECTURAS DEL DOMINGO 13 DE NOVIEMBRE DE 2016

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO

Para ustedes brillará el sol de justicia

Lectura de la profecía de Malaquías

3, 19-20a

Llega el Día, abrasador como un horno.

Todos los arrogantes y los que hacen el mal serán como paja;

el Día que llega los consumirá, dice el Señor de los ejércitos,

hasta no dejarles raíz ni rama.

Pero para ustedes,

los que temen mi Nombre,

brillará el sol de justicia que trae la salud en sus rayos.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL                                                    97, 5-9

R.    El Señor viene a gobernar los pueblos.

Canten al Señor con el arpa

y al son de instrumentos musicales;

con clarines y sonidos de trompeta

aclamen al Señor, que es Rey.  R.

Resuene el mar y todo lo que hay en él

en él, el mundo y todos sus habitantes;

aplaudan las corrientes del océano,

griten de gozo las montañas al unísono.  R.

Griten de gozo delante del Señor,

porque Él viene a gobernar la tierra;

Él gobernará el mundo con justicia,

y los pueblos con rectitud.  R.

El que no quiera trabajar; que no coma

Lectura de la segunda carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Tesalónica

3, 6-12

Hermanos:

Les ordenamos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que se aparten de todo hermano que lleve una vida ociosa, contrariamente a la enseñanza que recibieron de nosotros. Porque ustedes ya saben cómo deben seguir nuestro ejemplo. Cuando estábamos entre ustedes, no vivíamos como holgazanes, y nadie nos regalaba el pan que comíamos. Al contrario, trabajábamos duramente, día y noche, hasta cansamos, con tal de no ser una carga para ninguno de ustedes. Aunque teníamos el derecho de proceder de otra manera, queríamos darles un ejemplo para imitar.

En aquella ocasión les impusimos esta regla: el que no quiera trabajar, que no coma. Ahora, sin embargo, nos enteramos de que algunos de ustedes viven ociosamente, no haciendo nada y entrometiéndose en todo. A éstos les mandamos y les exhortamos en el Señor Jesucristo que trabajen en paz para ganarse su pan.

Palabra de Dios.

EVANGELIO

Gracias a la constancia salvarán sus vidas

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas

21, 5-19

Como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: «De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido».

Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?»

Jesús respondió: «Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: “Soy yo”, y también: “El tiempo está cerca”. No los sigan. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin».

Después les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo.

Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí.

Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa, porque Yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir.

Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas».

Palabra del Señor.

Reflexión

AL FINAL, SE IMPONDRÁ LA JUSTICIA MISERICORDIOSA DE DIOS

1.- Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. Se impondrá la justicia misericordiosa de Dios, al final de la vida de cada uno y al final de los tiempos. Cuando Lucas escribe su texto evangélico, después del año 70, las primeras comunidades cristianas estaban totalmente desconcertadas y oprimidas. Se retrasaba la segunda venida, la parusía, y a ellos les perseguían, les entregaban a las sinagogas y a la cárcel, les hacían comparecer ante reyes y emperadores, y todo porque estaban siendo fieles a la predicación del evangelio de Jesús. El evangelista Lucas quiere animar a estos cristianos desanimados y les pide que se mantengan firmes en la fe, porque todas esas desgracias tenían que venir primero, pero el final no vendrá enseguida. Si perseveran salvarán sus almas. Y claro que la mayor parte de ellos perseveraron y hoy les veneramos como santos y como mártires. Desde entonces hasta ahora se ha repetido bastantes veces la creencia en que el final de los tiempos ya estaba llegando, pero Dios, por lo que hemos visto, no parece tener prisa. Lo importante para cada uno de nosotros no es saber cuándo llegará el momento final, sino vivir cada momento con fidelidad al evangelio, con paciencia y con perseverancia, como si fuera el momento final. Cuando estemos demasiado asustados por la dureza y crueldad de los tiempos en los que nos toca vivir, recordemos las palabras tranquilizadoras de santa Teresa: “nada te turbe, nada te espante, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, sólo Dios basta”. Aprendamos a vivir siempre con paz interior, con confianza en la palabra del Señor, dejando a Dios ser Dios, y actuando nosotros con fuerza y perseverancia cristiana, como si fuera el momento último de nuestra vida, a pesar de todas las desgracias que puedan ocurrirnos, a nosotros y a nuestra sociedad en general.

2.- Mirad que llega el día, ardiente como un horno: malvados y perversos serán paja, y los quemaré el día que ha de venir… pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas. El profeta Malaquías, en este su pequeño librito, no se anda con rodeos: los perversos serán aniquilados y no quedará de ellos “ni rama ni raíz”; a los buenos, en cambio, “los iluminará para siempre un sol de justicia”. La verdad es que en todas las religiones y culturas de la humanidad se ha creído siempre, aunque de distintas maneras y con distintos matices, que Dios premiará a los justos, mientras que los malos serán castigados. Parece un sentimiento espontáneo el pensar que no puede ser igual hacer el bien que hacer el mal y que algún premio o castigo debe haber por lo uno o por lo otro. Nosotros, los cristianos, tenemos el ejemplo de Jesucristo que sufrió y padeció en esta vida, haciendo siempre el bien, y resucitó glorioso y triunfante para siempre después de la muerte. Intentemos nosotros, por tanto, a ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, hacer el bien mientras estemos en este mundo, aunque por hacer el bien tengamos que padecer y, si llega el caso, hasta morir, con la esperanza cierta de que al final de nuestras vidas en este mundo, Dios nos resucitará para la vida eterna.

3.- El que no trabaja, que no coma. Porque nos hemos enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada. Algunos cristianos de Tesalónica pensaban que la segunda venida, la parusía, vendría de un momento a otro y, por tanto, no merecía la pena trabajar ya. San Pablo, que sabe que los cristianos que piensan esto se basan en frases de su carta anterior, les escribe de nuevo para dejar las cosas claras: que imiten su ejemplo y que, como él, trabajen día y noche para ganarse su propio pan y no ser carga para nadie. No creo que nosotros tengamos ahora el problema que tenían los cristianos de Tesalónica, cuando se escribió esta carta, pero no está mal que todos nos apliquemos las palabras de la carta y que trabajemos, en la medida de nuestras posibilidades, para no ser carga para nadie. No sólo trabajemos para ganarnos nosotros nuestro propio pan, sino que, si podemos ayudar con nuestro trabajo a los que no pueden por sí mismos ganarse el pan que necesitan, nosotros les ayudemos, trabajando con sobriedad.

LA ESPERANZA SOSTIENE NUESTRA FE

1.- La fe es una aventura arriesgada y emocionante. Para los judíos del tiempo de Jesús el Templo de Jerusalén representaba la seguridad. Con tal de cumplir las leyes y acudir al Templo se “justificaban” ante Dios. Era para ellos el fundamento de su práctica religiosa. Y Jesús se atreve a decir que no quedará de él piedra sobre piedra. Cuando Lucas escribe su evangelio ya se ha producido la destrucción del Templo de Jerusalén. Fue el emperador Tito quien ordenó que fuera arrasado en el año 70. Por tanto, lo que se narra como algo apocalíptico, como algo que va a suceder, en realidad ya se ha producido. Pero lo importante es la enseñanza que quiere dar el evangelista. El Templo no es lo importante, tampoco el mero cumplimiento de la ley, pues Jesús predicó que no es ni en Jerusalén ni en Garizín donde se debe dar culto a Dios, sino “en espíritu y en verdad”. En nuestra religión cristiana también nos hemos montado “otros templos”, otras normas que nos “aseguran la salvación”. Es más fácil pedir que te digan qué es lo que tienes que cumplir y asegurar así la salvación, que identificarse con Cristo, dejar que Él te transforme y estar dispuesto a seguirle con todas las consecuencias. Lo primero no cuestiona tu vida, lo segundo transforma tu vida y te convierte en hombre nuevo. La fe es una aventura arriesgada y emocionante, no es un cumplimiento cómodo y seguro de normas sin implicación de tu persona.

2- ¿Cuál es la clave de tu vida cristiana? En clave “religiosa” se llega a la religión por tradición o herencia; en clave de “fe”, se llega por decisión personal y libre. La religión puede convertirse en una forma de pensar que acomodo a mi vida, o bien es una forma de vivir que me compromete. En clave religiosa la referencia soy yo y mis necesidades; en clave de fe la referencia es Jesús y estoy dispuesto a hacer su voluntad. Las verdades pueden convertirse en simples doctrinas que hay que saber, sin embargo para el seguidor de Jesús la única verdad es Jesús y la escucha de su Palabra. Puedo ser un cristiano que considera el culto como un conjunto de ritos a los que hay que asistir, o por el contrario para mí el culto es la celebración gozosa de la experiencia de Jesús en mi vida. Puedo considerar la Ley como un conjunto de normas que hay que cumplir, o darme cuenta de que la auténtica Ley del cristiano es vivir en el amor. La Iglesia puede ser para mí una institución jurídica, o más bien una comunidad de hermanos. ¿La fe es para ti un seguro de vida, o es un regalo, es decir un don gratuito de Dios que celebras con entusiasmo? Pregúntate: ¿en qué clave se sitúa tu vida cristiana, en la “religiosa”, o en la de la “fe”?

3.- El juicio será para la salvación. La palabra de Dios nos habla del final de los tiempos con una literatura apocalíptica, que no hay que entender al pie de la letra. Tanto el evangelio como la primera lectura del profeta Malaquías nos hablan de catástrofe, enfrentamientos, divisiones, guerra y destrucción. Sin embargo, lo importante es el mensaje final en ambas lecturas: “iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas”, “ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”. Es un mensaje de esperanza, el juicio será para la salvación, no para la condenación. Ya está demasiado lleno el mundo de agoreros, el cristiano tiene que ser portador de esperanza y perseverar confiando, siempre en el Señor. Y mientras tanto, no quedarse con los brazos cruzados, esperando el fin del mundo como les ocurría a los fieles de la iglesia de Tesalónica. Pablo les insta a trabajar para ganarse el pan de cada día. Es así como Dios nos quiere, como personas esperanzadas y esperanzadoras, consciente de su misión de transformar este mundo hasta convertirlo en el auténtico Reino de Dios.

4- La fe no desfallece porque la sostiene la esperanza. San Agustín resalta el valor de la esperanza en la vida cristiana. Solo el que espera en el Señor mantiene firme su fe, a pesar de las dificultades de este mundo. El ejemplo de los cristianos de Siria e Irak es impactante. Dan testimonio de su fe hasta la muerte, porque tienen puesta su esperanza en el Señor. Pero es el amor a Dios el que enciende su esperanza. En su sermón 359 San Agustín nos dice:

Elimina la esperanza y desfallecerá la fe. ¿Cómo va a mover, aunque sólo sea los pies, para caminar quien no tiene esperanza de poder llegar? Si, por el contrario, a la fe y a la esperanza les quitas el amor, ¿de qué aprovecha el creer, de qué sirve el esperar, si no hay amor? Mejor dicho, tampoco puede esperar lo que no ama. El amor enciende la esperanza y la esperanza brilla gracias al amor. Pero ¿qué fe habrá que elogiar, cuando lleguemos a la posesión de aquellas cosas que hemos esperado creyendo en ellas sin haberlas visto? Porque la fe es la prueba de lo que no se ve (Heb 11,1). Cuando veamos ya no se hablará de fe. Entonces, verás, no creerás. (Sermón 359)

generosidad y viviendo con sobriedad.

Llegamos, con el próximo domingo en que contemplaremos a Jesús como Rey, al final del año litúrgico. Las lecturas de este día, al igual que las de los precedentes domingos, tienen un sabor apocalíptico. Entre otras cosas porque estaban orientadas hacia aquellos cristianos que se encontraban nerviosos ante la creencia de que la segunda y definitiva venida de Cristo era inminente. No fue así y, en esas seguimos: aguardando a que el Señor, cuando Él quiera, vuelva. ¿Preocupa esto a las generaciones actuales? ¿Somos conscientes de lo que respondemos después del momento de la consagración: “Ven, Señor, Jesús”?

1.- Con San Pablo podemos concluir que, mientras no sucede ese momento, nos toca dar testimonio y trabajar para que el Señor, y su mensaje, sean conocidos. ¿Hacemos todo lo posible para que el evangelio sea más extendido en todos los rincones de nuestro mundo?

Recuerdo ahora que El Papa Benedicto XVI en su corto pero intenso viaje apostólico a España nos dejó la siguiente reflexión: “Dios tiene que volver a resonar bajo los cielos”. Para ello, hoy más que nunca, es necesario presentar a Dios mismo como esa luz que ilumina toda sombra y que indica con sabiduría el horizonte que al hombre espera. Nuestro esfuerzo y creatividad, siempre sustentado todo en la inspiración del Espíritu Santo, ha de ir precisamente en esa dirección: trabajar sin desmayo, sin pereza y con entusiasmo hasta el día en el que Señor aparezca definitivamente.

2.- Hoy, como desde hace siglos, se sigue hablando si estamos en una etapa final de la historia, del hombre y del mundo mismo. ¿Qué hacer? ¿Cómo reaccionar? ¿Hacia dónde caminar? Las pistas nos las ofrece el evangelio de este día: “No hagáis caso”.

Estamos en la hora del testimonio. Nos toca, hoy más que nunca, separar la paja del trigo, la auténtica fe de la religión a la carta. ¿Qué conlleva todo ello? Incomprensión, persecuciones o incluso el intento sistemático de reducir lo religioso al ámbito privado. La reciente visita del Papa Benedicto XVI a España, en la que algunos grupos extremistas se mostraban –ya no en contra de su visita– sino en desacuerdo con su mensaje, nos avala la vigencia y actualidad del evangelio de hoy: con la perseverancia, y no con la relajación, es como podemos alcanzar la vida eterna, hacer la voluntad de Dios y no renunciar a lo que es constitutivo de la misma Iglesia.

3.- ¿Vale la pena creer y esforzarse por el Reino de Dios? ¿Vendrá el Señor a nuestro encuentro? ¿Seremos capaces de aguantar o de soportar las arremetidas que, constantemente, brotan desde la visceralidad de algunas ideologías dominantes? ¡Claro que sí! Recordemos aquello de aquella gota de agua, que por su persistencia, fue capaz de romper con el paso de los años la firmeza de una roca.

Que el Señor nos acompañe en nuestro deseo de transformar el mundo y, de prepararlo también, para que cuando El vuelva encuentre gente amándole, siguiéndole y dando la cara por su Evangelio. ¿Lo intentamos?

Frente a una realidad, el hombre y el mundo acabarán, se nos recuerda algo que nos llena de esperanza: Dios ofrece su salvación.