Miércoles, 16 de noviembre de 2016

Santo es el Señor Dios, el Todopoderoso,

el que era, el que es y el que viene

Lectura del libro del Apocalipsis

4, 1-11

Yo, Juan, tuve la siguiente visión:

Había una puerta abierta en el cielo, y la voz que había escuchado antes, hablándome como una trompeta, me dijo: «Sube aquí, y te mostraré las cosas que deben suceder en seguida».

En ese mismo momento, fui arrebatado por el Espíritu y vi en el cielo un trono, en el cual alguien estaba sentado. El que estaba sentado tenía el aspecto de una piedra de jaspe y de ágata.

Rodeando el trono, vi un arco iris que tenía el aspecto de la esmeralda. Y alrededor de él, había otros veinticuatro tronos, donde estaban sentados veinticuatro Ancianos, con túnicas blancas y coronas de oro en la cabeza. Del trono salían relámpagos, voces y truenos, y delante de él ardían siete lámparas de fuego, que son los siete Espíritus de Dios.

Frente al trono, se extendía como un mar transparente semejante al cristal. En medio del trono y alrededor de él, había cuatro seres Vivientes, llenos de ojos por delante y por detrás. El primer Ser Viviente era semejante a un león; el segundo, a un toro; el tercero tenía rostro humano; y el cuarto era semejante a un águila en pleno vuelo. Cada uno de los cuatro Seres Vivientes tenía seis alas y estaba lleno de ojos por dentro y por fuera. Y repetían sin cesar, día y noche:

«Santo, santo, santo es el Señor Dios,

el Todopoderoso,

el que era, el que es y el que viene».

Y cada vez que los Seres Vivientes daban gloria, honor y acción de gracias al que está sentado en el trono, al que vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro Ancianos se postraban ante Él para adorarlo, y ponían sus coronas delante del trono, diciendo:

«Tú eres digno, Señor y Dios nuestro,

de recibir la gloria, el honor y el poder.

Porque has creado todas las cosas:

ellas existen y fueron creadas por tu voluntad».

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL                                                   150, 1-6

R.    ¡Santo, santo, santo es el Señor Todopoderoso!

Alaben a Dios en su Santuario,

alábenlo en su poderoso firmamento;

alábenlo por sus grandes proezas,

alábenlo por su inmensa grandeza. R.

Alábenlo con toques de trompeta,

alábenlo con el arpa y la cítara;

alábenlo con tambores y danzas,

alábenlo con laúdes y flautas. R.

Alábenlo con platillos sonoros,

alábenlo con platillos vibrantes.

¡Que todos los seres vivientes

alaben al Señor! R.

EVANGELIO

¿Por qué no entregaste mi dinero en préstamo?

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas

19, 11-28

Jesús dijo una parábola, porque estaba cerca de Jerusalén y la gente pensaba que el Reino de Dios iba a aparecer de un momento a otro.

Les dijo: «Un hombre de familia noble fue a un país lejano para recibir la investidura real y regresar en seguida. Llamó a diez de sus servidores y les entregó cien monedas de plata a cada uno, diciéndoles: “Háganlas producir hasta que yo vuelva”. Pero sus conciudadanos lo odiaban y enviaron detrás de él una embajada encargada de decir: “No queremos que éste sea nuestro rey”.

Al regresar, investido de la dignidad real, hizo llamar a los servidores a quienes había dado el dinero, para saber lo que había ganado cada uno. El primero se presentó y le dijo: “Señor, tus cien monedas de plata han producido diez veces más”. “Está bien, buen servidor, le respondió, ya que has sido fiel en tan poca cosa, recibe el gobierno de diez ciudades”.

Llegó el segundo y le dijo: “Señor, tus cien monedas de plata han producido cinco veces más”. A él también le dijo: “Tú estarás al frente de cinco ciudades”.

Llegó el otro y le dijo: “Señor, aquí tienes tus cien monedas de plata, que guardé envueltas en un pañuelo. Porque tuve miedo de ti, que eres un hombre exigente, que quieres percibir lo que no has depositado y cosechar lo que no has sembrado”. El le respondió: “Yo te juzgo por tus propias palabras, mal servidor. Si sabías que soy un hombre exigente, que quiero percibir lo que no deposité y cosechar lo que no sembré, ¿por qué no entregaste mi dinero en préstamo? A mi regreso yo lo hubiera recuperado con intereses”.

Y dijo a los que estaban allí: “Quítenle las cien monedas y dénselas al que tiene diez veces más”.

“¡Pero, señor, le respondieron, ya tiene mil!”

Les aseguro que al que tiene, se le dará; pero al que no tiene, se le quitará aún lo que tiene. En cuanto a mis enemigos, que no me han querido por rey, tráiganlos aquí y mátenlos en mi presencia».

Después de haber dicho esto, Jesús siguió adelante, subiendo a Jerusalén.

Palabra del Señor.

Reflexión

Apoc. 4, 1-11. El Señor está en medio de su Pueblo. Y el universo entero participa de la Liturgia del cielo. Todo, en el cielo y en la tierra, debe convertirse en una continua alabanza a nuestro Dios y Padre. Para eso ha enviado el Padre Dios a su Hijo, para purificarnos de todo aquello que nos ha manchado. Así, perdonados y hechos hijos de Dios, toda nuestra vida ha de ser una continua alabanza a su Santo Nombre.

Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios todopoderoso. Santificado sea su Nombre. Y lo santificamos mediante nuestra vida, pues todo lo creado, y de un modo especial nosotros, hemos de convertirnos en una continua alabanza del Nombre de nuestro Dios y Padre.

Dios llamó todo a la existencia. Él, siendo el creador de todo, nos ha destinado para que, siendo conforme a la imagen de su propio Hijo, algún día, después de haber perseverado en la fe, podamos llegar a participar de su Gloria eternamente, y nos convirtamos en una alabanza eterna para Él unidos a su propio Hijo.

Sal. 150. Alabemos al Señor por sus obras magníficas, pues Él ha hecho todo para nosotros, que somos sus hijos. Él nos ha manifestado su voluntad al revelarnos su Ley Santa para que nuestro comportamiento sea grato a su santo Nombre.

Pero, llegada la plenitud de los tiempos, nos envió a su propio Hijo, nacido de Mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que vivíamos bajo la Ley.

El Padre Dios nos ha manifestado en Cristo su Voluntad, pues en Él, además de conocer el amor de Dios, conocemos el Camino que hemos de seguir para que sea nuestra la salvación. Y el camino es el del perdón, el del amor y el del servicio a la altura de como Cristo lo ha hecho con nosotros.

Esta es la mayor de las obras de Dios para nosotros: habernos salvado en Cristo Jesús. Por eso nosotros hemos de alabar al Señor no tanto con instrumentos externos a nosotros, sino con una vida intachable. Que Él nos conceda vivir convertidos en una continua alabanza de su Santo Nombre.

Lc. 19, 11-28. Jesús había tomado la firme determinación de ir a Jerusalén. Se puso en camino. Ahora ya se acerca a Jerusalén y empieza a subir hacia esa ciudad; pero en realidad comienza a subir hacia su glorificación a la diestra del Padre Dios.

Quien vaya tras sus huellas debe trabajar como Él, pues el Señor nos ha confiado el Evangelio de la gracia, no para que vivamos como holgazanes, sino para que lo hagamos llegar a los demás. El Señor nos ha convertido en luz que ha de iluminar el camino de los extraviados para que vuelvan a casa. Por eso no es válido encerrar nuestra vida y nuestro amor sólo en actos de culto, para después dedicarnos a lo nuestro y a nuestros negocios, pensando que somos gratos a Dios sólo por arrodillarnos ante Él.

Ante Cristo hemos de tomar una opción fundamental que le dé sentido a toda nuestra vida. Si creemos en Él hemos de caminar tras sus huellas, como discípulos, para después poderlo entregar como salvación a los demás, de tal forma que no sólo a nosotros sino a muchos más alcance el amor, la misericordia y la salvación que el Señor nos ofrece a todos.

Quien rechace a Cristo no encontrará otro camino, ni otro nombre en el cual pueda salvarse; y lo único que estará propiciando será su propia destrucción.

El Señor nos reúne en esta celebración Eucarística para confiarnos su Vida y su Evangelio para que, en primer lugar, se encarnen en nosotros. A partir de nuestra experiencia personal y comunitaria con el Señor Él quiere enviarnos como testigos suyos para que su salvación llegue hasta el último rincón de la tierra.

No nos quiere como holgazanes, únicamente sentados junto a Él alabando y glorificando su Nombre. Nuestra unión a Cristo nos pone dentro del cumplimiento de la misma Misión salvadora que el Padre le confió a Él.

La vida que Dios nos ha comunicado debe producir frutos abundantes de salvación en el mundo entero, por eso hemos de estar siempre dispuestos, incluso, a dar nuestra vida, a derramar nuestra sangre para que a todos llegue el perdón de Dios, su Vida y su amor misericordioso.

Alabemos al Señor con un corazón sincero; pero estemos también dispuestos a trabajar para que su Nombre sea santificado con la vida y las obras de todos los que estamos llamados a vivir unidos a Él.

El Señor nos pide que invirtamos sus dones mientras regresa. Él volverá. Ojalá y nos encuentre trabajando intensamente por su Reino.

La vida que Dios nos ha comunicado es al mismo tiempo la vida que nos ha confiado para que la hagamos llegar a los demás, pues Él ha convertido a su Iglesia en instrumento de salvación para todos los pueblos. Dios es el creador de todo; a Él debe volver todo. Por eso hemos de esforzarnos en ganar a todos para Cristo.

No viviremos como extraños en el mundo, pues no saldremos de Él. Sin embargo en medio de nuestras realidades temporales hemos de ser un signo creíble de la vida nueva que Dios ha depositado en nosotros y que nos hace ser justos, rectos, amantes de la paz y del bien; que nos hace vivir como hermanos preocupándonos del bien unos de otros por tener un sólo corazón y una sola alma.

Cuando el Señor vuelva que nos encuentre llenos de frutos de santidad y de justicia por haber pasado haciendo el bien a todos, sin distinción de razas, lenguas, sexos, culturas o clases sociales.

Entonces seremos dignos de participar de su Gloria eternamente.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber trabajar por su Reino, perseverando fieles hasta el fin de nuestra vida, sabiendo que más allá de nuestro propio calvario y de nuestra muerte nos espera la glorificación junto al Hijo de Dios, el Hijo amado del Padre por su filial obediencia. Amén.