LECTURAS DEL DOMINGO 20 DE NOVIEMBRE DE 2016

SOLEMNIDAD DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO,

REY DEL UNIVERSO

(DOMINGO 34º)

Ungieron a David como rey de Israel

Lectura del segundo libro de Samuel

5, 1-3

Todas las tribus de Israel se presentaron a David en Hebrón y le dijeron: «¡Nosotros somos de tu misma sangre! Hace ya mucho tiempo, cuando aún teníamos como rey a Saúl, eras tú el que conducía a Israel. Y el Señor te ha dicho: “Tú apacentarás a mi pueblo Israel y tú serás el jefe de Israel”».

Todos los ancianos de Israel se presentaron ante el rey en Hebrón. El rey estableció con ellos un pacto en Hebrón, delante del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL                                                    121, 1-2. 4-5

R.    ¡Vamos con alegría a la Casa del Señor!

¡Qué alegría cuando me dijeron:

«Vamos a la Casa del Señor»!

Nuestros pies ya están pisando

tus umbrales, Jerusalén.  R.

Allí suben las tribus, las tribus del Señor,

según es norma en Israel,

para celebrar el Nombre del Señor.

Porque allí está el trono de la justicia,

el trono de la casa de David.  R.

Nos hizo entrar en el Reino de su Hijo muy querido

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Colosas

1, 12-20

Hermanos:

Demos gracias al Padre, que nos ha hecho dignos de participar de la herencia luminosa de los santos. Porque Él nos libró del poder de las tinieblas y nos hizo entrar en el Reino de su Hijo muy querido, en quien tenemos la redención y el perdón de los pecados.

Él es la Imagen del Dios invisible,

el Primogénito de toda la creación,

porque en Él fueron creadas todas las cosas,

tanto en el cielo como en la tierra,

los seres visibles y los invisibles,

Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades:

todo fue creado por medio de Él y para Él.

Él existe antes que todas las cosas

y todo subsiste en Él.

Él es también la Cabeza del Cuerpo,

es decir, de la Iglesia.

Él es el Principio,

el Primero que resucitó de entre los muertos,

a fin de que Él tuviera la primacía en todo,

porque Dios quiso que en Él residiera toda la Plenitud.

Por Él quiso reconciliar consigo

todo lo que existe en la tierra y en el cielo,

restableciendo la paz por la sangre de su cruz.

Palabra de Dios.

EVANGELIO

Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas

23, 35-43

Después que Jesús fue crucificado, el pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: «Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!»

También los soldados se burlaban de Él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: «Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!»

Sobre su cabeza había una inscripción: «Éste es el rey de los judíos».

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres Tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».

Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que Él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero Él no ha hecho nada malo».

Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino».

Él le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».

Palabra del Señor.

Reflexión

 

RESUMEN DEL AÑO LITÚRGICO: SEGUIR A CRISTO REY

1.- Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: “Este es el rey de los judíos”. Este es el último domingo del año litúrgico. Cuando en el año 1925 Pío XI estableció la fiesta de “Jesucristo Rey del Universo” lo hizo con la intención de que en este día todos los Estados de la tierra declarasen oficial y públicamente que Jesucristo era el verdadero rey del universo. Nosotros, los cristianos, hoy, al celebrar esta fiesta hacemos el propósito, humilde y sincero, de hacer todo lo posible para que Jesucristo sea realmente el verdadero rey de todos los corazones humanos. Queremos que el reino de Dios se establezca en nuestra tierra y queremos que este reino sea, con palabras del Prefacio de la misa, un reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz. Cristo vino al mundo para esto: para enseñarnos el camino que nos lleva al Padre, un camino que se hace con sacrificio y con esfuerzo, siguiendo siempre la verdad del evangelio, defendiendo la vida, aspirando a la santidad, llenos de la gracia de Dios, luchando a brazo partido contra la injusticia, predicando y sembrando el amor cristiano, defendiendo la paz frente al odio, la división y la guerra. No olvidemos que a Cristo hoy le contemplamos como rey mirándole clavado en una cruz, humillado y escarnecido. Por eso, hoy nosotros, los cristianos, hacemos el propósito de seguirle desde el sacrificio, el esfuerzo y la humildad, no desde el poder y la gloria humana.

2.- Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino… Hoy estarás conmigo en el paraíso. Jesús murió como vivió: acordándose de los más pobres y salvando a los pecadores arrepentidos. Este fue el mensaje que quiso dejarnos a todos los que queremos seguirle. Los cristianos, hoy, queremos estar en la sociedad como ciudadanos que se esfuerzan en servir a los demás, nuestro primer propósito no es mandar, ni dominar, es servir. Cristo predicó un reino de Dios en el que tenían un asiento especial los pobres, los desheredados, los pecadores, los enfermos, los que más necesitados estaban de cariño y misericordia. Los cristianos, los discípulos de Jesús, no vamos contra los ricos, vamos contra la riqueza injusta y corrupta, no vamos contra los que triunfan, vamos contra el triunfo conseguido a base de artimañas y fraudes sociales, no vamos contra los sanos, queremos que todos estemos sanos y que nadie quede excluido de la salud por simples motivos económicos o sociales, no vamos contra los santos, queremos que todos seamos santos y predicamos la conversión a Dios y al prójimo de todos los pecadores. Jesús se pasó la vida predicando un bautismo de conversión y la terminó prometiendo el reino a un pecador convertido. De esta manera quiso demostrar en el último momento de su vida que él era el verdadero rey del universo. En este sentido queremos ser también nosotros los verdaderos discípulos de este rey.

3.- Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. La Iglesia, nuestra Iglesia cristiana y católica, no es del Papa, ni de los cardenales, ni de los obispos; nuestra Iglesia es de Cristo. Cristo es la cabeza de la Iglesia, todos los cristianos somos su cuerpo. A la largo de la historia cristiana muchos cristianos han actuado como si la cabeza de la Iglesia fuera el Papa, no Cristo, y de este error han surgido muchas divisiones, muchos enfrentamientos y muchas guerras. Hoy, gracias a Dios, todos los cristianos buscamos más la unión, el ecumenismo, queriendo tener como única cabeza de la Iglesia a Cristo y a su evangelio. Caminemos todos nosotros en esta dirección, anteponiendo lo que nos une a lo que nos separa, considerando a Cristo como nuestra única cabeza y esforzándonos todos nosotros en ser su verdadero cuerpo, miembros del único cuerpo místico de Cristo. Consideremos hoy todos los cristianos a Cristo como nuestro único camino, nuestra única verdad, nuestra única vida. Sólo así podremos celebrar este último domingo del año litúrgico, fiesta de Cristo Rey del Universo, con la debida dignidad cristiana.

UN REINO DE SERVICIO

1.- Su reino no es de este mundo. No hay cosa que nos haga más daño que el ver que somos objeto de burla o que se ridiculiza lo que nosotros consideramos sagrado. Muchos cristianos tienen hoy día la sensación de ser perseguidos o denostados por el hecho de vivir según unos criterios y unos valores. Jesús sufrió el escarnio y la burla en el momento del tormento de la cruz. Las autoridades hacían muecas, los soldados le ofrecieron vinagre, uno de los crucificados a su lado le insultaba. Incluso habían puesto un letrero para ridiculizarlo: “Jesús Nazareno, rey de los judíos” Utilizamos sus siglas, “para más INRI”, para subrayar una situación de ofensa o de humillación. Hubieran preferido que pusiera: “Este ha dicho soy el rey de los judíos”. Todo era un espectáculo esperpéntico. Pero, paradójicamente Él era Rey, pero su reino no es de este mundo. ¿Qué querían decir cuando le pidieron por tres veces?: “Sálvate a ti mismo”, ¿acaso que hiciera un milagro para bajarse de la cruz, acaso que demostrara su poder o su riqueza, acaso una prueba para demostrar que era el Mesías? Junto a esta humillación lo que más le dolió sin duda a Jesús fue el abandono de los suyos. ¿Cómo debemos responder los cristianos cuando nos sintamos incomprendidos o acusados? Pues con las mismas armas de Jesús: el amor y el perdón. El, simplemente dijo: “Padre perdónales, porque no saben lo que hacen”.

2.- “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Tuvo que ser precisamente un malhechor el que descubriera el reinado de Jesús, tuvo que ser en la cruz…. Algunos no lo reconocieron cuando hacía milagros y él lo reconoció crucificado en un madero. Como dice San Agustín “en su corazón creyó y con la lengua hizo la profesión de fe”. Le dijo “Acuérdate de mí, Señor, cuando estés en tu reino”. Esperaba su salvación para el futuro y estaba contento con recibirla tras un largo plazo de tiempo. La esperaba para largo, pero el día no se hizo esperar. El Señor le respondió: “En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”. El paraíso que el buen ladrón se imaginaba tenía árboles de felicidad, por eso Jesús le dice: hoy estás conmigo en el árbol de la cruz, hoy estarás conmigo en el árbol de la salvación.

3.- Jesús reina sirviendo a toda la humanidad. Su trono es la cruz, su cetro una caña, su manto es una túnica pequeña de color púrpura, su corona es de espinas. En su reino los últimos son los primeros y los primeros los últimos. Ahora comprendemos por qué hace unas semanas nos decía el evangelio que el reino no vendrá espectacularmente, sino que está dentro de nosotros. Tú puedes ser constructor del reino si trabajas por la paz y la justicia, si eres capaz de servir como Jesús, de perdonar como El, de luchar en favor de la vida y de la fraternidad. Cristo es la cabeza del cuerpo de la Iglesia. Nosotros somos sus miembros. Todos los creyentes, no solo los actuales, sino también los que existieron antes de nosotros y los que han de existir después hasta el fin del mundo pertenecen a su cuerpo, del que Él es la Cabeza. En este “Cristo total” todos los bautizados asumimos la misión y el destino de Cristo: hacer posible ya aquí la realidad del reino y esperar con confianza que un día resucitaremos con El.

CRISTO: CENTRO DE NUESTRA FE

El Papa Francisco quien –en esta solemnidad de Jesucristo Rey– clausure lo que, para toda la Iglesia, ha sido un revulsivo en el seguimiento a Jesús y una forma concreta de ahondar en el Amor y la Misericordia. Eso ha sido el Año Jubilar de la Misericordia que finaliza, hoy, en el Vaticano.

1.- En esta fiesta de Cristo Rey damos culmen a este tiempo ordinario con el que nos hemos ido sumergiendo de lleno en la vida, muerte y resurrección de Jesús. ¿Lo hemos reconocido? ¿Hemos aceptado tantos dones de su gratuidad? ¿Hemos puesto nuestros corazones a su disposición?

Al igual que los soldados puede que, también nosotros, no entendamos el lenguaje que Jesús emplea desde la cruz. Por ello mismo, el Año de la Misericordia, ha tenido que contribuir a formarnos como católicos y como cristianos. Un cristiano sin formación queda a merced de los “listillos” del mundo.

Además, por si lo olvidamos, el eje de todo el entramado eclesial (lejos de ser sus estructuras y sus defectos, su grandeza o su apariencia) es Cristo. En Él, por Él y para Él van encaminados nuestros desvelos y –sobre todo– el esfuerzo evangelizador para que, su Evangelio, sea tomado en cuenta a la hora de reconducir este mundo un tanto despistado o perdido.

2.- Para entender el señorío de Jesús, en este día de Cristo Rey, es necesario contemplarlo en la cruz. Ella nos sirve en bandeja las principales coordenadas de la forma de ser, pensar y actuar de Jesús: amor a su pueblo cumpliendo la voluntad de Dios.

Acudamos a Cristo cuando la fachada del mundo se derrumba; cuando los otros soberanos nos invitan a postrarnos ante ellos perdiendo la dignidad y hasta la capacidad de ser nosotros mismos. Ese Rey que, nació pobre, pequeño, humilde, en el silencio y que –hoy– es exaltado en una cruz (también de madera), sin demasiado ruido (como en Belén), humildemente (sin más riqueza que su belleza interior) nos llama a la fidelidad. ¿Queremos ser suyos? ¿Seremos capaces de luchar por su reino? ¿No preferiremos formar parte de ese gran batallón de los que ya no luchan, no esperan, no creen…ni sueñan?

Fiesta de Cristo Rey. Dios, en Navidad, descenderá desde los cielos para estar con el hombre. Hoy, desde la cruz, nos enseña que –el camino del servicio, del amor y de la entrega– es la mejor forma de ascender un día hasta su presencia. ¿Nos gusta ese trono en forma de cruz? ¿Queremos reinar con Él?

Que este final del Año de la Misercordia nos ayude a colocar, si es que lo hemos apartado, a Jesús en el centro de nuestra vida, de nuestra vocación, de nuestra familia y de nuestro pensamiento.

Ya sería bueno pensar a quiénes hemos permitido usurpar el lugar que le corresponde a Jesús en los lugares donde educamos a nuestros hijos, disfrutan nuestros jóvenes, se forman las futuras generaciones o mandan nuestros dignatarios. ¡Qué bueno sería desterrar a tan nefastos reyes!