Viernes, 25 de noviembre de 2016

Los que habían muerto fueron juzgados según sus obras.

Vi la nueva Jerusalén, que descendía del cielo

Lectura del libro del Apocalipsis

20, 1-4. 11-21, 2

Yo, Juan, vi que un Ángel descendía del cielo, llevando en su mano la llave del Abismo y una enorme cadena. Él capturó al Dragón, la antigua Serpiente -que es el Diablo o Satanás- y lo encadenó por mil años. Después lo arrojó al Abismo, lo cerró con llave y lo selló, para que el Dragón no pudiera seducir a los pueblos paganos hasta que se cumplieran los mil años. Transcurridos esos mil años, será soltado por un breve tiempo.

Entonces vi unos tronos, y los que se sentaron en ellos recibieron autoridad para juzgar. También vi las almas de los que habían sido decapitados a causa del testimonio de Jesús y de la Palabra de Dios, y a todos los que no habían adorado a la Bestia ni a su imagen, ni habían recibido su marca en la frente o en la mano. Ellos revivieron y reinaron con Cristo durante mil años.

Después vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él. Ante su presencia, el cielo y la tierra desaparecieron sin dejar rastros. Y vi a los que habían muerto, grandes y pequeños, de pie delante del trono. Fueron abiertos los libros, y también fue abierto el Libro de la Vida; y los que habían muerto fueron juzgados de acuerdo con el contenido de los libros; cada uno según sus obras.

El mar devolvió a los muertos que guardaba: la Muerte y el Abismo hicieron lo mismo, y cada uno fue juzgado según sus obras. Entonces la Muerte y el Abismo fueron arrojados al estanque de fuego, que es la segunda muerte. Y los que no estaban inscritos en el Libro de la Vida fueron arrojados al estanque de fuego.

Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe más.

Vi la Ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL                                          83, 3-6a. 8a

R.    ¡Ésta es la morada de Dios entre los hombres!

Mi alma se consume de deseos

por los atrios del Señor:

mi corazón y mi carne claman ansiosos

por el Dios viviente. R.

Hasta el gorrión encontró una casa,

y la golondrina tiene un nido donde poner sus pichones,

junto a tus altares, Señor del universo,

mi Rey y mi Dios. R.

¡Felices los que habitan en tu Casa

y te alaban sin cesar!

¡Felices los que encuentran su fuerza en ti!

Ellos avanzan con vigor siempre creciente. R.

EVANGELIO

Cuando vean que suceden estas cosas,

sepan que el Reino de Dios está cerca

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas

21, 29-33

Jesús, hablando a sus discípulos acerca de su venida, les hizo esta comparación:

Miren lo que sucede con la higuera o con cualquier otro árbol, Cuando comienza a echar brotes, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano, Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas, sepan que el Reino de Dios está cerca.

Les aseguro que no pasará esta generación hasta que se cumpla todo esto., El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasaran.

Palabra del Señor.

Reflexión

Apoc. 20, 1-4. 11-21, 2. Y llegará el final de todo. Y cada uno será juzgado conforme a sus obras. Finalmente el diablo o Satanás será vencido, al igual que la muerte. Y junto con ellos serán arrojados de la presencia de Dios todos los que obraron el mal.

En cambio aquel que haya perseverado fiel hasta el final recibirá la corona de la Vida, siendo parte de la Novia que se desposará con el Cordero inmaculado, para permanecer eternamente con Él en la Gloria del Padre.

El Señor nos quiere como fieles testigos suyos a pesar de las persecuciones o burlas de los demás. El Señor nos ha enviado a proclamar su Palabra, especialmente a través de nuestra propia vida en la que esa Palabra se haya encarnado, y nos vaya convirtiendo en un Evangelio viviente del Padre.

No podemos llamarnos hijos de Dios mientras llevamos la marca del pecado en el corazón. Si somos de Dios dejémonos sellar por el Espíritu Santo, de tal forma que, a partir de esa presencia suya en nosotros, podamos manifestarnos auténticamente como hijos de Dios, destinados a la Vida eterna.

Sal. 84 (83). ¿Realmente anhelamos vivir para siempre con Dios?

En el fondo de nuestro corazón, aún los que no creen en la otra vida, todos deseamos la salvación y no la condenación.

Los que, por la fe en Jesucristo, tenemos la certeza de la Vida Eterna, hemos de desear permanecer para siempre con Él. Pero este deseo no se nos puede quedar únicamente en la cabeza. Es necesario ponernos en camino.

Muchos hermanos nuestros han alcanzado ya la salvación y, dichosos ellos porque viven ya en la Casa del Padre, alabándolo para siempre. La muerte y la resurrección de Cristo, y su Glorificación a la diestra del Padre, son para nosotros el camino que hemos de seguir para llegar a donde Él nos ha precedido.

Que el Señor, que va delante nuestro, nos haga encontrar en Él la fuerza necesaria para caminar cada vez con más vigor, hasta lograr nuestra plena unión con Él, pues nuestra vocación mira a la posesión de los bienes definitivos.

Lc. 21, 29-33. El Señor Jesús, mediante su muerte y resurrección, a quienes lo aceptamos como Salvador y Camino que nos conduce al Padre, nos ha hecho parte de su Reino, pues, efectivamente, el Reino de Dios ya está dentro de nosotros.

A partir de ese momento Pascual de Cristo, Él confió a su Iglesia el mensaje de salvación. Y la Iglesia vive jalonada hacia el momento en que el Reino de Dios llegue a su plenitud, el día de la manifestación final de nuestro Salvador Jesucristo.

Día a día nos hemos de esforzar, con la Gracia divina y con la Fuerza del Espíritu Santo, en ir perfeccionando, en ir llevando hacia una mayor madurez el Reino de Dios entre nosotros. Ojalá y los frutos sean cada vez más maduros.

Una mayor madurez en el amor, en la fraternidad, en la paz, en la misericordia. Cuando esto se vaya haciendo realidad entre nosotros sabremos que el Señor está cada vez más cerca, pues nosotros nos estaremos identificando con Él, hasta llegar a ser conforme a la imagen del Hijo de Dios. Entonces, por medio de la Iglesia, Jesús continuará siendo el Dios-con-nosotros, siempre preocupado de pasar haciendo el bien a todos para conducirlos al encuentro con su Dios y Padre, Dios y Padre nuestro.

El Hijo de Dios, hecho uno de nosotros, y convertido en Pan de Vida eterna, viene hoy a nuestro encuentro. Su Victoria es nuestra victoria. Su Paz, es nuestra paz. Su Misericordia se ha manifestado sobre nosotros, pues nos ha amado y perdonado, sin importarle lo negro que pueda haber sido nuestro pasado.

El cielo nuevo y la tierra nueva se han de iniciar ya desde ahora en nuestro propio interior, pues lo antiguo, la maldad, el pecado, deben desaparecer de nosotros. Sólo Dios ha de vivir y reinar en nuestros corazones.

Los frutos que son nuestras buenas obras, que proceden de Dios, el único bueno, deben manifestar que el Señor no sólo está cerca, sino dentro de nosotros convertidos en templos santos para Él.

La Eucaristía, que estamos celebrando, nos abre a la presencia y al amor de Dios en nosotros. No sólo lo recibimos como un acto de piedad, sino como un serio compromiso de entrar con Él en una nueva y definitiva Alianza, de tal forma que en adelante ya no vivamos para nosotros mismos, sino para Aquel que por nosotros murió y resucitó.

No podemos conformarnos con anunciar el Evangelio sólo con los labios. El verdadero profeta debe convertirse también en el constructor de los cielos nuevos y de la nueva tierra.

No basta con denunciar el pecado que hay en el mundo. Mientras no pongamos todo nuestro empeño, como colaboradores de la gracia divina, en hacer surgir un mundo renovado en Cristo, que sea más fraterno, más justo, más solidario y misericordioso, que nos ayude a vivir en la paz, no podremos llamarnos realmente testigos del Señor.

El anuncio del Evangelio debe ser acompañado por el sacrificio de quienes lo anuncian. Mientras el grano de trigo no caiga en tierra y muera, no puede ser fecundo. Debemos humillarnos; hemos de bajar hasta la realidad de aquellos que sufren, o que viven encadenados al pecado. Ahí lo hemos de dar todo, con tal de ganar a todos para Cristo.

Y no hemos de tener miedo, sino un gran amor, que ha de ser lo único que debe mover la acción pastoral de la Iglesia; pues nadie nos quita la vida; nosotros la damos libremente por el bien de todos.

Cuando, identificados con Cristo, subamos a nuestra propia cruz para entregarlo todo por el bien de nuestros hermanos, estaremos subiendo, junto con Cristo, a nuestra glorificación junto a Él a la diestra del Padre Dios.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de trabajar esforzadamente por su Reino, sabiendo que hemos de ser, ya desde ahora, los constructores del mismo hasta que, al final, llegue su plenitud en la Gloria del Padre. Amén.