Sábado, 26 de noviembre de 2016

No existirá la noche, porque el Señor los iluminará

Lectura del libro del Apocalipsis

21, 2; 22, 1-7

Yo, Juan, vi la Ciudad santa, la nueva Jerusalén que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo.

Después el Ángel me mostró un río de agua de vida, claro como el cristal, que brotaba del trono de Dios y del. Cordero, en medio de la plaza de la Ciudad. A ambos lados del río, había árboles de vida que fructificaban doce veces al año, una vez por mes, y sus hojas servían para sanar a los pueblos.

Ya no habrá allí ninguna maldición. El trono de Dios y del Cordero estará en la Ciudad, y sus servidores lo adorarán. Ellos contemplarán su rostro y llevarán su Nombre en la frente. Tampoco existirá la noche, ni les hará falta la luz de las lámparas ni la luz del sol, porque el Señor Dios los iluminará, y ellos reinarán por los siglos de los siglos.

Después me dijo: «Estas palabras son verdaderas y dignas de crédito. El Señor Dios que inspira a los profetas envió a su mensajero para mostrar a sus servidores lo que tiene que suceder pronto.

¡Volveré pronto! Feliz el que conserva fielmente las palabras proféticas de este Libro».

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL                                 94, 1- 7

R.    ¡Ven, Señor Jesús!

¡Vengan, cantemos con júbilo al Señor,

aclamemos a la Roca que nos salva!

¡Lleguemos hasta Él dándole gracias,

aclamemos con música al Señor! R.

Porque el Señor es un Dios grande,

el soberano de todos los dioses:

en su mano están los abismos de la tierra,

y son suyas las cumbres de las montañas;

suyo es el mar, porque Él lo hizo,

y la tierra firme, que formaron sus manos. R.

¡Entren, inclinémonos para adorarlo!

¡Doblemos la rodilla ante el Señor que nos creó!

Porque Él es nuestro Dios,

y nosotros, el pueblo que Él apacienta,

las ovejas conducidas por su mano. R.

EVANGELIO

Estén prevenidos,

para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas

21, 34-36

Jesús hablaba a sus discípulos acerca de su venida:

Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre ustedes como una trampa, porque sobrevendrá a todos los hombres en toda la tierra.

Estén prevenidos y oren incesantemente, para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir. Así podrán comparecer seguros ante el Hijo del hombre.

Palabra del Señor.

Reflexión

Apoc. 22, 1-7. Y estaremos con el Señor eternamente. Entonces habrá desaparecido toda maldad; todo llanto, dolor y luto; toda injusticia y egoísmo.

Pero no podemos quedarnos inmóviles esperando el día del Señor. Somos pecadores; pero también somos amados por el Dios que se ha hecho uno de nosotros para ponerse en camino, delante nuestro, hacia la Casa del Padre. Nosotros vamos tras sus huellas cargando nuestra cruz de cada día. Y entre logros y aparentes fracasos avanzamos con la esperanza cierta de llegar a donde ha llegado ya nuestro Principio y Cabeza: Cristo Jesús.

Del costado abierto del Salvador, como un regalo para toda la humanidad de parte del Padre Dios, brota la salvación para la humanidad entera. Esa salvación se hace realidad entre nosotros cuando vivimos unidos a Cristo, participando de su mismo Espíritu y somos hechos hermanos entre nosotros. Así formamos la Iglesia, Cuerpo y Esposa del Cordero inmaculado.

Para los que creemos en Cristo Jesús y vivimos unidos a Él ya no hay tinieblas, pues el pecado habrá quedado atrás; y será el amor el que ilumine toda nuestra vida y nos conserve para siempre en el Reino de Dios.

Sal. 95 (94). Alegrémonos en el Señor, creador de todo. Alegrémonos porque ha querido llamarnos a formar parte de su pueblo santo. Así, sin mérito nuestro, nos ha hecho sus hijos. Y esto no sólo nos debe llenar de alegría, sino que nos ha de llevar a vivir en la fidelidad a su voluntad: que lleguemos a ser conforme a la imagen de su propio Hijo.

Hemos de estar abiertos a escuchar la Palabra de Dios; a meditarla a profundidad en nuestro corazón; y a ponerla en práctica con la Gracia de Dios. Sólo así alabaremos y lanzaremos vivas al Señor no sólo con nuestras palabras cargadas de emoción, sino con una vida intachable y puesta, por amor, al servicio de los demás.

Que Dios nos conceda realmente vivir, movernos y existir en su presencia, unidos a Él mediante una fe sincera que, al convertirse en obras de amor, nos haga identificarnos como hijos suyos ante todos los pueblos, procurando, así, que también ellos conozcan al Señor, entren en comunión de vida con Él y se conviertan en una continua alabanza de su Santo Nombre.

Lc. 21, 34-36. ¿Estamos seguros de hacia dónde se encamina nuestra vida? Si es así, entonces podremos mantenernos vigilantes para no desviar nuestro camino hacia otros requerimientos.

Los que nos gloriamos de ser personas de fe en Cristo Jesús, sabemos que nuestra meta final es el mismo Dios, en quien viviremos eternamente por nuestra unión a su Hijo unigénito, del cual recibimos la Vida y la participación de su mismo Espíritu.

Mientras perdamos el rumbo y centremos nuestra vida en lo pasajero, nuestra mente y nuestro corazón se embotarán y nos impedirán llegar a ser perfectos en Cristo Jesús, pues el centro de nuestra vida será sólo lo pasajero, lo cual regirá nuestros pensamientos, palabras, obras, actitudes y toda nuestra vida. Y entonces, cuando el Señor venga no podrá reconocer en nosotros su presencia salvadora.

Es verdad que no podemos desligarnos de nuestros compromisos temporales; Cristo mismo indicaba que nosotros permanecemos en el mundo, pero que hemos de ser preservados del mal. Por eso, llevando una vida en medio de nuestras labores comunes, seamos vigilantes y oremos para que no nos dejemos dominar por el mal, sino para que demos continuamente testimonio de la fe que hemos depositado en el Señor. Y ese testimonio no se centrará sólo en obras de culto, sino en una vida intachable y en una continuo pasar haciendo el bien a todos.

Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús! Se inicia una nueva creación. Ya caminamos hacia nuestra Patria eterna. El Señor ha abierto las puertas, no de un paraíso temporal, sino de la vida junto a Él. Y mientras llega el momento de unirnos definitiva y eternamente a Él, celebremos gozosos el Memorial de su Misterio Pascual.

La Eucaristía renueva la Alianza nueva y eterna entre Dios y nosotros, que somos su Iglesia. Desde la Eucaristía debe brotar un Manantial que dé vida a la humanidad entera.

La Iglesia, que se construye en torno a la Eucaristía, debe convertirse en fuente de salvación para todos. Nuestros frutos, nuestras obras no pueden envenenar las conciencias de las personas, pues somos portadores de Vida.

El Señor nos invita a no sólo llevar su Nombre en los labios, sino en el corazón. Así, sellados con el Espíritu Santo, ya no provocaremos más tinieblas ni noches sobre el mundo, pues trabajaremos constantemente a favor del Evangelio, para que la paz, la alegría, el amor, el perdón y la misericordia que el Señor nos ha traído, sean la luz que ilumine nuestros pasos que, desde este mundo, nos han de encaminar hasta el trono de Dios y del Cordero.

Es verdad que mientras vamos de paso por este mundo nos veremos acosados por muchas tentaciones que querrán alejarnos del Señor. Es verdad también que continuamos siendo frágiles, y que nuestra inclinación al pecado no ha desaparecido totalmente de nosotros. Así la concupiscencia, que anida en nosotros, fácilmente podría alejarnos del camino del bien. Por eso el Señor nos invita a estar alerta, a velar y a orar continuamente para que podamos escapar de todo lo que ha de suceder, y comparezcamos seguros ante el Hijo del hombre.

Confiemos nuestra vida en manos de Dios para que Él sea quien realice su obra de salvación en nosotros, y nos lleve sanos y salvos a su Reino celestial.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de permanecer firmes en nuestra fe, en nuestra esperanza y en el amor a Él y a nuestro prójimo, guiados por el Espíritu Santo, para que el día de su gloriosa venida podamos participar, junto con Él, de la herencia que le corresponde como a Hijo unigénito del Padre. Amén