C. (Cronista) Cuando llegó la hora de la cena pascual, se sentó Jesús a la mesa con los apóstoles. Entonces les dijo:

+ (Jesús) Vivamente he deseado comer este cordero pascual con ustedes antes de mi pasión. Porque les digo que no volveré a comerlo hasta la consumación de la Pascua en el Reino de Dios.

C. Le entregaron una copa, y él dio gracias a Dios y dijo:

+ Tómenla y compártanla entre ustedes. Porque les digo que de ahora en adelante ya no volveré a beber del fruto de la vid hasta que Dios venga a reinar.

«Hagan esto en conmemoración mía.»

C. Luego tomó pan, dio gracias a Dios, lo partió y se lo repartió diciendo:

+  Esto es mi cuerpo, que será entregado por ustedes. Hagan esto en conmemoración mía.

C. Lo mismo hizo con la copa después de cenar. Les dijo:

+ Esta es la copa de la nueva alianza sellada con mi sangre, que será derramada por ustedes. Pero quien me va a traicionar ha comido conmigo en esta mesa. El Hijo del hombre sigue el camino señalado por Dios. Pero ¡ay de aquel que lo va a traicionar!

 

«Yo estoy en medio de ustedes como el que sirve.»

C. Ellos empezaron a preguntarse unos a otros quién sería el que iba a hacer eso. Entonces surgió una discusión entre ellos sobre quién debía ser reconocido como jefe. Pero Jesús les dijo:

+ Los reyes de las naciones dominan a sus súbditos, y los que ejercen el poder se hacen llamar «bienhechores». Pero ustedes no deben proceder así. Sino que entre ustedes el superior debe ser como el inferior; y el que manda, debe ser como el que sirve. Porque, ¿quién es superior, el que se sienta a la mesa o el que sirve? El que se sienta a la mesa, ¿no es verdad? Sin embargo, yo estoy en medio de ustedes como el que sirve. Ustedes son los que han perseverado acompañándome en mis pruebas. Por eso, como mi Padre ha dispuesto que yo sea rey, dispongo que, en mi reino, ustedes coman y beban en la misma mesa conmigo y se sienten en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido permiso para zarandearlos como trigo en un harnero. Pero yo he rogado a Dios por ti, para que no falle tu fe. Por eso volverás a mí, y entonces deberás fortalecer a tus hermanos.

C. Pedro le respondió:

S. (Otros personajes) ¡Señor, contigo estoy dispuesto a ir a la cárcel y a la muerte!

C. Pero Jesús le dijo:

+ Pedro, yo te digo: hoy mismo, antes que cante el gallo, tres veces vas a decir que no me conoces.

«Tienen que cumplirse en mí las palabras de la Escritura.»

C. Y luego les dijo:

+ Cuando los envié sin dinero, sin provisiones ni calzado, ¿les faltó algo?

C. Ellos contestaron que no. Entonces les dijo:

+ Pero ahora, el que tenga dinero que lo traiga, y que también busque provisiones; y el que no tenga espada, que venda su capa y compre una. Porque les digo que tienen que cumplirse en mí aquellas palabras de la Escritura: «Lo contaron entre los malhechores.» Efectivamente, mi misión llega a su término.

C. Ellos le dijeron:

S. Señor, aquí hay dos espadas.

C. Pero él les replicó:

+ ¡Basta ya de hablar!

Y se apoderó de él una angustia mortal, pero él hacía oración con más intensidad.

C. Entonces salió y se dirigió, como de costumbre, al Monte de los Olivos. Los discípulos lo siguieron. Cuando llegaron a ese lugar, les dijo:

+ Oren, para no exponerse a la tentación.

C. Y se separó de ellos a distancia como de un tiro de piedra, se arrodilló y empezó a orar diciendo:

+ ¡Padre, por favor, no me hagas pasar este trago amargo! Sin embargo, que no se haga mi voluntad sino la tuya.

C. Entonces se le apareció un ángel del cielo para darle fuerzas. Y se apoderó de él una angustia mortal, pero él hacia oración con más intensidad. Y su sudor era como gotas de sangre que caían hasta el suelo. Cuando terminó de orar, fue a donde estaban los discípulos y los encontró dormidos de la tristeza. Entonces les dijo:

+ ¿Por qué están durmiendo? Levántense y oren, para no exponerse a la tentación.

«Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?»

C. Todavía estaba hablando cuando llegó un tropel de gente. Uno de los Doce, que se llamaba Judas, iba delante de ellos y se acercó a dar un beso a Jesús. Pero Jesús le dijo:

+ Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?

C. Los que estaban con Jesús, viendo lo que iba a suceder, le dijeron:

S. Señor, ¿atacamos con las espadas?

C. Y uno de ellos atacó al sirviente del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Pero Jesús replicó:

+ ¡Basta! ¡Ya no más!

C. Y le tocó la oreja y lo curó.

Entonces les dijo a los sumos sacerdotes, a los oficiales del templo y a los ancianos que habían ido a buscarlo.

+ ¿Vienen con espadas y palos contra mí, como si yo fuera un bandido? Diariamente estaba con ustedes en el templo, y no me detuvieron. Pero esta es su hora, cuando imperan las tinieblas.

 

Salió Pedro de allí y lloró amargamente.

C. Entonces lo pusieron preso y se lo llevaron a la casa del sumo sacerdote. Pedro lo iba siguiendo desde lejos. En medio del patio hicieron fuego y se sentaron. Pedro se sentó entre ellos. Y cuando una sirvienta lo vio sentado junto al fuego, se quedó mirándolo fijamente y dijo:

S. Este también andaba con él.

C. Pero Pedro lo negó diciendo:

S. ¡Mujer, ni siquiera lo conozco!

C. Poco después lo vio otro y dijo:

S. Tú también eres de esa gente.

C. Pero Pedro dijo:

S. ¡Hombre, que no soy!

C. Y como una hora más tarde otro siguió insistiendo:

S. Claro que este también andaba con ese hombre, pues también es Galileo.

C. Y Pedro respondió:

S. ¡Hombre, no sé de qué estás hablando!

C. Y en el mismo instante en que decía esto, cantó un gallo. El Señor se volvió, miró a Pedro, y Pedro se acordó de lo que le había dicho el Señor: que esa misma noche, antes que cantara el gallo, lo negaría tres veces. Y salió de allí y lloró amargamente.

Profeta, adivina quién fue el que te golpeó.

C. Los hombres que tenían preso a Jesús empezaron a burlarse de él y a golpearlo; le tapaban los ojos y le preguntaban:

S. Profeta, adivina quién fue el que te golpeó.

C. Y lo injuriaban diciéndole muchas otras cosas.

Lo llevaron al lugar donde se reunía el senado del pueblo.

C. Cuando amaneció, se reunió el senado del pueblo, es decir, los sumos sacerdotes y los escribas, y lo llevaron al lugar donde se reunían y le dijeron:

S. Si tú eres el Mesías, dínoslo.

C. Él les respondió:

+ Si se lo digo, no me van a creer; y si yo les pregunto, no me van a responder. Pero de ahora en adelante estará el Hijo del hombre sentado a la derecha de Dios Todopoderoso.

C. Todos le preguntaron:

S. Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?

C. Él les respondió:

+ Ustedes mismos dicen que sí.

C. Ellos replicaron:

S. ¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca.

Yo no encuentro en este hombre razón alguna para condenarlo.

C. Todos los que estaban reunidos se levantaron e hicieron comparecer a Jesús ante Pilato. Y allí empezaron a acusarlo diciendo:

S. Hemos averiguado que este hombre está revolucionando nuestra nación; dice que no hay que pagar impuestos al emperador y que él es el Mesías, y por consiguiente rey.

C. Pilato entonces le preguntó:

S. ¿Eres tú el rey de los judíos?

C. Él le respondió:

+ Tú mismo lo dices.

C. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la multitud:

S. Yo no encuentro en este hombre razón alguna para con­denarlo.

C. Pero ellos insistían:

S. Anda por todo el territorio judío agitando al pueblo con sus enseñanzas. Comenzó en Galilea y ha llegado hasta aquí.

C. Pilato, al oír esto, preguntó si el hombre era galileo. Y cuando se enteró de que era súbdito de Herodes Antipas, se lo remitió, ya que también Herodes se encontraba por esos días en Jerusalén.

 

Herodes lo trató con desprecio, lo mismo que sus soldados.

C. Herodes se alegró mucho de ver a Jesús, pues como había oído hablar de él, desde hacía mucho tiempo tenía deseos de conocerlo y esperaba verlo hacer algún milagro. Le hizo, pues, muchas preguntas, pero Jesús no le contestó nada. Los sumos sacerdotes y los escribas se quedaron allí acusándolo violentamente. Y Herodes lo trató con desprecio, lo mismo que sus soldados; le puso un manto reluciente para burlarse de él, y lo remitió de nuevo a Pilato. Ese día se hicieron amigos Herodes y Pilato, que hasta entonces eran enemigos.

Pilato les entregó a Jesús, para que hicieran con él lo que quisieran.

C. Entonces Pilato llamó a los sumos sacerdotes, a los jefes civiles y al pueblo, y les dijo:

S. Ustedes me trajeron a este hombre, alegando que alborota al pueblo. Pero yo lo interrogué delante de ustedes, y en ninguna de las acusaciones que presentan contra él he encontrado razón para condenarlo. Herodes tampoco, porque nos lo devolvió. Veo, pues, que no ha hecho nada por lo que merezca la pena de muerte. De manera que voy a castigarlo y después lo dejaré en libertad.

C. Pero todo el mundo empezó a gritar:

S. ¡Condena a este y déjanos libre a Barrabás!

C. Al tal Barrabás lo habían metido en la cárcel por una revuelta que había ocurrido en la ciudad, y por asesinato. Pilato volvió a hablarles con intención de dejar libre a Jesús. Pero la gente seguía gritando:

S. ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!

C. Todavía les dijo Pilato por tercera vez:

S. ¿Y qué crimen ha cometido este hombre? Yo no he encontrado ninguna razón para condenarlo. De manera que lo voy a castigar, y después lo dejaré libre.

C. Pero ellos insistían a grandes gritos y pedían que lo mandara crucificar, y el griterío se hacía cada vez más fuerte. Al fin Pilato decidió hacer lo que le pedían. Dejó libre al hombre que estaba en la cárcel por la revuelta y el asesinato, tal como se lo pedían, y les entregó a Jesús, para que hicieran con él lo que quisieran.

 

«Mujeres de Jerusalén, no lloren por mí.»

C. Entonces se lo llevaron. En el camino obligaron a un tal Simón de Cirene, que llegaba del campo, a cargar la cruz, para que la llevara detrás de Jesús. Lo seguía también un gran gentío y en especial mujeres que lo compadecían dándose golpes de pecho y lanzando lamentos. Jesús se volvió a ellas y les dijo:

+ Mujeres de Jerusalén, no lloren por mí. Lloren, más bien, por ustedes mismas y por sus hijos, porque están para llegar días en que se dirá: ¡Felices las mujeres estériles y las que no han dado a luz ni han tenido que criar hijos! Entonces la gente deseará que las montañas les caigan encima y que las colinas los sepulten. Porque si esto hacen con el árbol verde, ¿qué no harán con el seco?

C. Llevaban también a dos malhechores para ajusticiarlos con Jesús.

 

«Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen.»

C. Y cuando llegaron al lugar llamado La Calavera, crucificaron a Jesús con los malhechores, uno a su derecha y otro a su izquierda. Pero Jesús decía:

+ Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen.

C. Y se repartieron su ropa echándola a suerte.

Este es el rey de los judíos.

C. El pueblo permanecía allí mirando. Por su parte, los jefes empezaron a comentar con sorna:

S. Si salvó a otros, que se salve a sí mismo, puesto que es el Mesías escogido por Dios.

C. Los soldados también se acercaron y se burlaron de él. Le ofrecían vino ácido y le decían:

S. ¡Si tú eres el rey de los judíos, sálvate!

C. En efecto, encima de él había un letrero que decía: «Este es el rey de los judíos.»

 

«Hoy estarás conmigo en el paraíso.»

C. Uno de los malhechores crucificados lo insultó diciendo:

S. ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.

C. Pero el otro lo reprendió diciéndole:

S. Sufriendo la misma pena que él ¿no tienes temor de Dios? Nosotros la sufrimos justamente, porque recibimos el castigo merecido, pero él no ha hecho nada malo.

C. Y añadió:

S. Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.

C. Él le respondió:

+ Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.»

C. Era alrededor del mediodía. El sol dejó de brillar, y se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, con voz potente, dijo:

+ Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

C. Y dicho esto expiró.

Todos se arrodillan y se hace una pausa.

 

C. El centurión, al ver lo sucedido, dio gloria a Dios diciendo:

S. Este hombre era de veras inocente.

C. Y toda la muchedumbre que había acudido a semejante espec­táculo, al ver lo que había pasado, regresaba dándose golpes de pecho. Todos los conocidos de Jesús se quedaron a distancia; y de lejos miraban también las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea.

 

José colocó el cuerpo de Jesús en un sepulcro cavado en la roca.

C. Llegó entonces un miembro del sanedrín, llamado José, originario de la ciudad judía de Arimatea, hombre recto y justo, que esperaba el reinado de Dios y no había estado de acuerdo con la decisión y con la conducta de los otros; y fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Y después de bajarlo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro cavado en la roca, donde nadie había sido sepultado. Era víspera del sábado, y brillaba ya el lucero de la tarde. Entonces las mujeres que habían acompañado a Jesús desde Galilea bajaron con José y vieron el sepulcro y la forma como colocaron el cuerpo, y luego se retiraron a preparar perfumes y ungüentos. Y el sábado guardaron el descanso mandado por la Ley. «Palabra del Señor. Gloria a ti Señor Jesús»