Evangelio y homilía del 09 de septiembre 2017.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas. 6, 1-5

Un sábado, en que Jesús atravesaba unos sembrados, sus discípulos arrancaban espigas y, frotándolas entre las manos, las comían.

Algunos fariseos les dijeron: «¿Por qué ustedes hacen lo que no está permitido en sábado?»

Jesús les respondió: «¿Ni siquiera han leído lo que hizo David cuando él y sus compañeros tuvieron hambre, cómo entró en la Casa de Dios y, tomando los panes de la ofrenda, que sólo pueden comer los sacerdotes, comió él y dio de comer a sus compañeros?»

Después les dijo: «El Hijo del hombre es dueño del sábado».

Palabra del Señor.

Reflexión

 Las prescripciones legales habían llegado a tal grado que indicaban que quien cortara espigas en sábado, siendo peregrino, podía comerse los granitos uno a uno, pero no podía restregar la espiga entre las manos, pues eso sería tanto como ponerse a trabajar, lo cual no se permitía en Sábado. Para aquel que vive en Cristo lo más importante es la persona, velar por ella, por su bienestar, hacerle el bien y no el mal. Pues de nada aprovecha sentarse ritualmente en Sábado para dar culto al Señor, y después dedicarse a hacer el mal y a provocar injusticias en los demás días. Ya el Señor había denunciado este mal por medio del profeta Amós, poniendo en boca de los malvados el siguiente discurrimiento: ¿Cuándo pasará el novilunio para poder vender el grano, y el sábado para dar salida al trigo, para achicar la medida y aumentar el peso, falsificando balanzas de fraude, para comprar por dinero a los débiles y al pobre por un par de sandalias, para vender hasta el salvado del grano? El Señor, dueño del sábado, nos invita llegar a él como a un día que le consagramos, pero con la intención de permanecer en su presencia los demás días procurando el bien de todos, de tal forma que podamos, finalmente, llegar a la posesión del Sabath eterno, al cual entraremos después de haber trabajado haciendo el bien, y no sólo quedándonos en exterioridades que nos dejarían muy lejos del Señor y de su Descanso.

En esta Eucaristía el Señor nos participa de su Pan, Pan de vida eterna, que no está ya reservado a algunos solamente. Todos podemos entrar en comunión de vida con el Señor. Celebrar la Eucaristía es vivir por anticipado la Gloria que nos espera en el gozo eterno junto a Dios, donde ya no habrá fatigas, ni luto ni llanto, sino sólo gozo y paz en el Señor. Por eso aprendamos a esforzarnos continuamente para que el Reino de Dios llegue a todos. Contemplemos a Cristo que por nosotros subió a la Cruz, para reconciliarnos a todos con Dios y hacernos hijos suyos. Contemplémoslo lleno de la Gloria que le corresponde como a Unigénito del Padre, ya que, después de padecer por nosotros, ahora vive, resucitado y glorificado para siempre. Participar de la Eucaristía nos compromete a caminar hacia la participación de esa misma glorificación; pero para ello hemos de ir tras las mismas huellas de Cristo, pues, para llegar a donde Él ya nos precedió, nuestro camino no puede desviarse de aquel que nos manifestó el mismo Señor de la Iglesia.

No podemos llegar a la presencia del Señor sólo para pasar un momento de paz interior ante Él. Venimos a comprometernos a velar por el bien de nuestros hermanos, no apoyados en nuestras débiles fuerzas, sino en la Fuerza que nos viene de lo alto y que se nos comunica al participar del Pan de Vida y del mismo Espíritu de Dios. Hagamos el bien sin jamás darnos descanso. El Reino de Dios sufre violencia, y sólo los violentos, los esforzados, van a lograr apoderarse de él. Por eso, día a día, momento tras momento, debemos anunciar el Evangelio a toda la humanidad; y esa proclamación la llevaremos a cabo mediante nuestras palabras, obras, actitudes y vida misma. No anunciemos un evangelio que esclavice a quienes lo acepten, queriendo hacerlos cumplir con detalles que nada tienen que ver con la fe. Enseñémosles a amar a Cristo, a unir su vida a Él mediante la Liturgia que nos hace partícipes, ya desde ahora, de los bienes eternos; enseñémosles a amar a todas las personas, sin distinción, de tal forma que haya esa preocupación constante de unos por otros, para que, haciéndose realidad entre nosotros el amor fraterno, podamos construir un mundo más justo y más fraterno que, ya desde ahora, se convierta en un reflejo de lo que es la eternidad junto a Dios. El Señor, sin distinción alguna, nos llama para que participemos de su vida y permanezcamos en una fe firme, no endeble; en una esperanza que nos haga convertirnos día a día en un Evangelio viviente del amor del Padre; y en un amor verdadero que nos haga no poner trabas ni límites a ese amor, sino que nos lleve a estar dispuesto incluso a entregar nuestra propia vida con tal de que todos tengan vida, y la tengan en abundancia.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de hacer el bien a todos en todo momento y circunstancia; pues en esta labor no podemos darnos descanso alguno, recordando lo que nos advierte el Señor: Mientras uno duerme el enemigo siembra la cizaña. No permitamos que, por nuestros descuidos, en lugar de convertirnos en luz para el mundo lo dejemos a la deriva en sus tinieblas y tropiezos. Que Dios nos conceda estar, siempre al servicio de su Evangelio. Amén.

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